Me despierto de
un sueño profundo.
Es de noche.
Dari duerme a mi
lado.
Estamos en el
avión que mañana nos despertará en Lisboa.
No sé qué hora es
ni adónde estoy.
Abro la pequeña
ventana que está a mi lado y aparece el cielo. Está estrellado.
Veo, a mi
izquierda, un ala del avión que recorta el horizonte casi al medio. Por encima,
las estrellas, por debajo las nubes y, más abajo aún, un intenso azul. Allí
intuyo el mar.
A tientas enciendo
la pantalla que tengo por delante y descubro que estamos en el medio del Océano
Atlántico. Siento una tímida emoción.
Vuelvo a la
oscuridad de la ventana.
Me inundo de ese
paisaje lácteo. Lácteo y acuático, de ribetes marinos.
Como un niño,
pego mi cara a la ventana, quiero entrar en el paisaje, salpicarme de sus
estrellas y sus azules.
Como un niño,
pienso en mis abuelos que ya no están, como si pudiera allí intuirlos, como si
la noche que vuela me arrimase y casi creo sentirme más cerca.
Eso pienso
mientras abrazo el paisaje e intento fotografiarlo en la memoria; entonces bajo
los párpados que caen como tules de novia humedeciendo las pestañas y
entibiando el rostro que ahora despierta.
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