rutilante chasquido
inadvertido trasbordo
néctar que se descuece
-casi a punto-
bajo el fuego
de otras lenguas
lengua
misántropa
vahído menguante
lilas puntiagudas
boca de alfileres rutilantes
largas patas de mangosta
fierean el olvido
taconean el óvulo opalino
la máscula diluída
canela de la memoria
sábado, 26 de enero de 2013
poemas rosarinos
a rosario
julio/agosto 2007
nácar adolecido
la memoria
ése cuchillito hambriento
que cava y cava
cielos
ya ajenos
Síntesis cartográfica
a mi pedacito de cielo y tierra del parque españa
l
os pies
atan hilitos de lo que fui
cartografía de la memoria
que insiste
y atrapa los pasos
cansados de otras huellas
la mirada resbala
mar del recuerdo
único mar de todos los mares
la emoción enmudeciendo
la cuenca del olvido
sordera de la memoria
ronca voz
del hastío
demúdase
ella
voz silente
la memoria
canto hierático
del mar muerto
cajita de memoria
lábil encaje del pasado
hambrecita
run run
axolotl del deseo
julio/agosto 2007
nácar adolecido
la memoria
ése cuchillito hambriento
que cava y cava
cielos
ya ajenos
Síntesis cartográfica
a mi pedacito de cielo y tierra del parque españa
l
os pies
atan hilitos de lo que fui
cartografía de la memoria
que insiste
y atrapa los pasos
cansados de otras huellas
la mirada resbala
mar del recuerdo
único mar de todos los mares
la emoción enmudeciendo
la cuenca del olvido
sordera de la memoria
ronca voz
del hastío
demúdase
ella
voz silente
la memoria
canto hierático
del mar muerto
cajita de memoria
lábil encaje del pasado
hambrecita
run run
axolotl del deseo
instantáneas
inspirado en la película ¨historias mínimas¨
Mínimas como la sonrisa capturada por la cámara, como el recorrido entre el olvido y el recuerdo, como el vuelo de una hoja que decide emanciparse del árbol, como el suspiro que persigue/ delata a una carta, como la lengua de las mariposas. Entonces, la necesidad de salir corriendo, buscarlo a paco, decirle que sí, que siempre tuvo razón, que la vida sigue siendo al fin y al cabo lo mejor que conocemos.
Exiliados del snobismo, apátridas, indocumentados de la sociedad de consumo.
Mientras Caetano Veloso canta ¨vuelvo al sur¨, pienso que es imposible volver de donde nunca se estuvo, que es ¨ancho y negro el olvido¨, y que el pueblo argentino nada tiene de pueblo.
Enero de 2000. Llego al sur. Pienso que hubiera sido lo mismo viajar a Caracas o a Tailandia. Los kilómetros arriman otro país. Con la misma extrañeza con la que se reencuentra a alguien alguna vez amado, camino. Un silencio añejo sube por mi espalda, recorre la nuca, busca asiento en la mirada.
Recuerdo haber leído la teoría de la alienación. Intento teorizar, pronto advierto que no tiene sentido. Así como Cortázar habla de des- escribir, pienso en des- aprender o des- codificar mi diccionario universitario.
En el sur el tiempo aguarda congelado en la cúspide de una montaña. Un viejo se ceba un mate, respira llanuras, sostiene su mirada en el aire, dibuja nortes imposibles. Espera sin esperar, sin saberse siquiera esperado. De pronto, se acerca un hombre, relata una encuentro que sucede aún más al sur. El viejo guarda el mate y la ilusión en un bolso. Exiliado de su casa y de su vida, decide partir. Recuerdo haber leído que la vejez es, seguramente, una desvelada memoria. Creo que Haroldo Conti debe haber pensado en algún viejo como éste. Después de todo, la unicidad unas cuántas veces se torna imposible.
La televisión. Ese ¨bizarro¨ fetiche que ordena la vida moderna irrumpe en la impasibilidad de una chica de Fitz Roy. Flashes de una ilusión funcional. La cercanía vuelve a arrimar nuevas distancias.
La vida es una gran rayuela. El flaco siempre lo supo. No necesariamente hay que subir para avanzar. Retroceder, a veces, resulta otra forma de caminar. A partir de aquí, la posibilidad de volver, de intuir en cada partida una posible llegada, dialéctica inevitable en la libreta del viajero. Y, al final, el cielo.
En el fondo las historias son siempre las mismas. La simplicidad les confiere una belleza inigualable, postales irrepetibles que saben a sueños y a la vida misma.
Mínimas historias. Pequeñas bicicletas para aquéllos que deciden pedalear sobre la cornisa de la vida.
Mínimas como la sonrisa capturada por la cámara, como el recorrido entre el olvido y el recuerdo, como el vuelo de una hoja que decide emanciparse del árbol, como el suspiro que persigue/ delata a una carta, como la lengua de las mariposas. Entonces, la necesidad de salir corriendo, buscarlo a paco, decirle que sí, que siempre tuvo razón, que la vida sigue siendo al fin y al cabo lo mejor que conocemos.
Exiliados del snobismo, apátridas, indocumentados de la sociedad de consumo.
Mientras Caetano Veloso canta ¨vuelvo al sur¨, pienso que es imposible volver de donde nunca se estuvo, que es ¨ancho y negro el olvido¨, y que el pueblo argentino nada tiene de pueblo.
Enero de 2000. Llego al sur. Pienso que hubiera sido lo mismo viajar a Caracas o a Tailandia. Los kilómetros arriman otro país. Con la misma extrañeza con la que se reencuentra a alguien alguna vez amado, camino. Un silencio añejo sube por mi espalda, recorre la nuca, busca asiento en la mirada.
Recuerdo haber leído la teoría de la alienación. Intento teorizar, pronto advierto que no tiene sentido. Así como Cortázar habla de des- escribir, pienso en des- aprender o des- codificar mi diccionario universitario.
En el sur el tiempo aguarda congelado en la cúspide de una montaña. Un viejo se ceba un mate, respira llanuras, sostiene su mirada en el aire, dibuja nortes imposibles. Espera sin esperar, sin saberse siquiera esperado. De pronto, se acerca un hombre, relata una encuentro que sucede aún más al sur. El viejo guarda el mate y la ilusión en un bolso. Exiliado de su casa y de su vida, decide partir. Recuerdo haber leído que la vejez es, seguramente, una desvelada memoria. Creo que Haroldo Conti debe haber pensado en algún viejo como éste. Después de todo, la unicidad unas cuántas veces se torna imposible.
La televisión. Ese ¨bizarro¨ fetiche que ordena la vida moderna irrumpe en la impasibilidad de una chica de Fitz Roy. Flashes de una ilusión funcional. La cercanía vuelve a arrimar nuevas distancias.
La vida es una gran rayuela. El flaco siempre lo supo. No necesariamente hay que subir para avanzar. Retroceder, a veces, resulta otra forma de caminar. A partir de aquí, la posibilidad de volver, de intuir en cada partida una posible llegada, dialéctica inevitable en la libreta del viajero. Y, al final, el cielo.
En el fondo las historias son siempre las mismas. La simplicidad les confiere una belleza inigualable, postales irrepetibles que saben a sueños y a la vida misma.
Mínimas historias. Pequeñas bicicletas para aquéllos que deciden pedalear sobre la cornisa de la vida.
viernes, 25 de enero de 2013
acerca de una puesta de marat sade
Cuando la
locura se sistematiza y la representación deja de ser ficción
Marat- Sade
25 de julio
de 2009
Después de
varios días de incuestionable ola polar me decido a ir al teatro a ver Marat
Sade. Lo hago con un compañero de viaje, psiquiatra él, actriz yo.
Recuerdo
que hace ya algunos años, en la facultad, alguna vez escribí un trabajo sobre
el Marqués. Desde entonces su figura me ha convocado casi sonámbulamente. Así, mientras
compramos las entradas que nos llevarán a la Martín Coronado empiezo a dejarme
imbuir por sus letras, los ecos inextinguibles de sus fantasmas.
La función
empieza puntual. 20:30. Ninguna anomalía hasta allí. Todo se disponía en la
apariencia, en la convención de lo establecido, de lo socialmente acordado.
Sin
embargo, mientras empieza y se desarrolla la narración, empiezo a advertir la
precariedad de mi hipótesis, la inconveniencia de verme allí, azuzada por el
estigma de Sade.
Empecemos
por el principio. Así entonces algo que parecía una novedad simpática, el hecho
de que hubiera público sobre el escenario, se empieza a convertir en un engaño
falaz. El relato avanza y con él la sensación del peligro de la actuación, esa
lepra iracunda que nos recuerda que la vida misma es en sí puro artificio.
Un grupo de
internos psiquiátricos representan para nosotros, un nosotros que cruelmente se
define en oposición a un ellos. Se abre así un primer tajo que intenta
pensarnos desde el afuera, el afuera que nos separa y a la vez nos constituye.
La locura
se sistematiza como tal y la puesta nos invita a regodearnos en el placer
morboso de sabernos a salvo, asistimos como voyers (con todo lo que hay en eso
de impune) a la ceremonia ajena (¿) como si la alienación coercionara sólo al
otro.
La otredad
nos convierte en verdugos. Cuando uno de los personajes que encarna la voz de
la conciencia social, nos implora que despertemos del letargo, el poder siempre
pujará por oprimirnos nos dice (estará entonces en nosotros salvar nuestros
ideales); nos conduce hacia una mueca trágica, como aquél que propaga limosnas
y por ello se tranquiliza, cuando en realidad macabramente promueve y asienta
la desigualdad. Nosotros, los de afuera, en realidad somos el embrión de ese
adentro, su útero.
El espejo
de la representación nos vuelve miserables, inmisericordiosos, este revés es el
tema profundo de la puesta, su terrible revelación.
Cuando
pensaba que había terminado, como una pesadilla en la que uno se ve deformado y,
a veces, teme de sí (pero siempre por sí); baja una enorme reja que nos separa.
A quiénes, de quiénes, me pregunto.
Así me fui,
con la certeza del dedo en la llaga, las llagas abiertas en el pensamiento,
como cuchillos hambrientos por tanta indiferencia, por el abuso siempre hediondo
del poder.
Hoy me
despierto y tras un sueño profundo advierto dormí once horas. Pienso en qué
habré dormido durante tanto tiempo.
¨no se culpe a nadie. la noche boca arriba¨
Domingo 15
de agosto de 2010
“No se
culpe a nadie: La noche boca arriba. Pequeño homenaje a Don Julio Cortázar”
La noche
que empezamos a soñar con Mariana hace algunas noches atrás, encontró su propio
cielo en la pequeña morada de boedo.
Así, con la
viscosidad del sueño, con lo fantasmagórico que supone toda evocación,
empezaron a deambular insomnes los personajes de Cortázar. Como una bicicleta
de tiempo, las paredes y los colores, se tiñeron de gritos intramuros, de presencias translúcidas, de azucenas en la
boca del tiempo.
Talita,
Traveler, Oliveira, Gregorovius, La
Maga , aparecían en una secuencia de rayuela, de voces
entornadas de los amigos que, como ventanas, nos inundaban de corales, de
sigilosos aullidos, de melodías crisálidas, arrullos de caracol.
Las voces
se sucedían como los discos que entraban y salían y
Coltrane-Parker-Julián-Mariana-Oliveira-Solana-La Maga-María -Davis-Holliday-Daniel-Gregorovius-Javier-Babs-Etienne-etc-etc-
“Siéntase
como en su casa” aguardaba junto-a-globo-naranja-con-cinta-roja-en-la-puerta-
como contraseña risueña de la casa g del extenso pasillo de la calle México.
Guiño que duró poco, por cierto, gracias a algún voraz lector que llevóselo
consigo. Así Julián encargóse de recibir a los indómitos espíritus que sucumbían
por las lindes de boedo y entre velas que enmarcaban el angosto pasillo y
silencios clandestinos y cabezas que asomaban desde adentro de la casa y
mariana y sol en la rayuela que recorría el costado de la casa, juli leía el
cuento, mientras avanzaban los invitados y ya con mariana los zambullíamos con
magas y oliveiras y tickets de metro y lluvias de bienvenidas.
El amor,
ésa palabra… Dice mariana que dice oliveira que dice la maga y el silencio que
lo sucede y cada uno arrulla y llena con su propia fuente.
Libros que
recorrían de mano en mano, fragmentos recortados al azar, 62 y modelos para
armar, la noche y sus telarañas y etílicos elixires y el jazz y la música
cubana y las paredes que transpiraban sueños mientras la salamandra vociferaba
cantos de cigarra y débora encendía cuidadosamente su voz y nos sentíamos
reconfortados y cercanos.
Las
pinceladas de javi, los acordes que resbalaban de la guitarra, las sonrisas que
aparecían como luces, como claraboyas donde reflejarse y acurrucarse, los ecos
de las voces que despuntaban de los márgenes de los libros, y nos dejaban
atónitos y exultantes, presos de cada respiración.
La ronda
terminó bien avanzada la madrugada. Escribo desde el lunes éste que le sucedió.
Aún quedan recortes desvencijados enmarcando la casa, letras que me espían
desde las puertas y las ventanas, el oso y su discurso de cañerías que respira
junto al cuerito que aún no cambié y me
recuerda a gritos que allí está. Retratos en los que puedo reconocer a algunos
de los que estuvieron anoche, velas pegadas por todos lados, como pequeñas
fosforescencias, saltos del humor.
velada boedista
Impresiones
sobre el sábado 8 de noviembre. Encuentro inaugural de las Noches de Boedo.
Primer velada aquí, en los confines del sur, en el norte del deseo.
00.30 am
En ronda en
el comedor de la casa, cierto
desconcierto que precede al acontecer, figura primera y nostálgica de lo que ha
de venir, hueco en la base del estómago, palabras balbuceadas, letras que aún no son, sílabas que caen de los
labios y bailan una danza aún por nacer. Alguien intenta contar un chiste,
maría juguetea con un coro silente de lechuzas, intenta arrimarle palabras,
alcanzarles sonrisas presagiosas, ante la mirada general que aguarda, algo
suceda. Pero el suceder precipita e invita al acontecimiento, no hay rodeos ni
separación posible, dulce amalgama que tejemos en la oscuridad, con los ojos
abiertos y el corazón palpitando. Risas confundidas, tímidamente precipitadas,
sensación de vacío, paréntesis en la lengua del tiempo.
1.30 am
Acordamos
esperar a Iván para iniciar la ceremonia. De pronto suena el timbre, una
sucesión de velas corren de mano en mano, y bajo la consigna de salir para
entrar, las sombras se desparraman en la oscuridad del pasillo. Con javi
armamos una treta, entonces me aseguro
de apagar los veladores de casa, de cerrar cada puertita de luz, de encender algunas
claras velas. tami manipula la cámara, diego acompaña distraídamente atento el
incipiente ritual. Entonces salimos al pasillo y haces de luces incandescentes
inundan la puerta de entrada, murmullo de pájaros, arrullo de paloma, canto de
sirenas del mar muerto, coro ciego crepitando en el umbral de la sombra, para
iluminar la sonrisa y las lágrimas de la anfitriona que comienza a acercarse
temiendo azuzar al arco iris del cielo.
Estrellas
del cielo, los amigos, ardiendo en la lumbre de la noche.
1.35 am
Seres de
luz desparramando sus haces, luciérnagas del cielo que inundan ahora la casa en
penumbras, susurros lumínicos en corro que aguardan, ignorando entraman el más
grande acontecimiento, ese que esplende y permite escurrirse, entre los
fulgores, la voz de la guitarra que atrapa melodías insurgentes y cede paso a
una canción de cuna que entonces cantaré encendiendo el aquelarre del cielo.
1.40 am
Aparecerá
el espíritu de thénon, sus frágiles melodías, sus gritos moribundos, sus
pedidos de auxilio y nomeolvides, su bella melancolía.
La noche
seguirá rodando, con sus flores mixtas, el canto de abejas de una chica de la
que no recuerdo su nombre pero guardo su voz en la cuenca del oído, su sonrisa
clara que iluminaba cada uno de los versos, la dulzura de apicultor que
dibujaba la música en la cara. Leo y su compañero abriendo los cauces de la
melodía, haciendo surcos, tajos en la palabra, pentagramas del alma, abrazando
el compás del momento, la emoción de alzar sus propias voces. La cara de leo, las
estrellas en su mirada.
Javi y
Gabriel echarán a rodar su secuaz dúo, despertando sonrisas suspicaces, la
bendita y siempre agradecida alegría en los tiempos del cólera.
La guitarra
y los discos se alternarán sucesivamente a lo largo de la noche. Las voces se
sucederán en una perfecta improvisación como un tótem jazzístico y tal vez un
solapado tributo.
6 am
Timbre
refutador de cualquier tímida leyenda inunda el ahora despejado espacio de la
casa de México. Diego se ríe, intenta domesticar los acordes de su guitarra,
las viejas canciones que deambulan en ceremonia despabilando los estantes del
tiempo. Cierta melancolía se filtra intramuro. Como una enredadera perniciosa
aparecen las risas mezcladas con el alcohol y cierta primitiva tristeza. Diego
se vuelve a reconquista y a estas horas de la larga noche parece un tema
inevitable. Entonces recordamos viejos momentos, bebemos otra copa de vino,
cantamos y nos reímos un rato más, como si así se detuviera el tiempo, como si
pudiéramos conservar para siempre este momento, que sentimos último. Alargar la
despedida, alejar las patas del olvido.
7 am
Recojo los
vasos, las colillas de cigarrillos que se desparraman como telas de arañas por
los rincones, enjuago los restos de vino, cuido prolijamente de tirar los
restos y las suciedades. Me lavo la cara, siguiendo el mismo procedimiento de
limpieza, de depuración. luego me cepillo los dientes, entonces suena el
teléfono y es iván diciendo que diego olvidó no sé qué cosa en casa, que estará
tocándome el timbre, que le abra, que no es la vecina. balbuceo algo entre el
cepillo y la pasta y escucho su risa fundida con el timbre que entonces suena.
Escupo lo que quedó de mi pasta de dientes, le abro. Entra risueño y ni
siquiera intenta explayarse en el argumento. Es tarde para preámbulos. Agarra
sus cosas y nos despedimos. Le doy un beso y le sonrío. Voy a entrar a casa y
sin embargo me detengo en el umbral, el amanecer empieza a recortar las
figuras, entonces lo veo irse, tambaleando en el final del pasillo donde
momentos atrás lo hacía con bolsas llenas de botellas que ebriamente se
afanaban en regalarnos sus últimos estertores. Siempre había sido el amigo de
tami, el novio de luchi, ahora descubro forma también parte del tesoro de mis
afectos y amistades. Entonces será la última imagen, aquella que cierra la
noche y dibuja un nuevo cielo, ya lejos de boedo.
poemas renacentistas
Ay de mí
de ti
cuscús
arbolito
sin hojas
ramito
rectilíneo
pájaro
silvestre
corazoncito
que
late y late
trotamundos
sin pausa
lengua
estrella en
flor
amanecí
albatro
flor
rectilínea
puntiaguda
lengua
viscosa
ameba
soy la
estrella
que
perfumaste en mí
febril
marea del
mañana
desgajar la
boca
espesar los
labios
despuntar
los dientes
ahuecar
las horas
del sueño
hincar los
tejidos
hasta
entumecer
la sangre
fagocitarla
de semen
desflorar
en estrella
dibujar un
escarabajo
en un papel
pintarlo
de rojo
fuerte
avivar el
vuelo
dibujar
una ventana
colorearla
con brotecitos
y un pájaro
silvestre
y mensaje
de
nomeolvides
juntar
margaritas
hasta que
digan
que sí
el
escaramujo
berrea en
el verde olivar
lagrimea la
tierra
carretea a
una chinche
se consuela
con frases
de
nomeolvides
sanseacabó
ya volverá
poemas tristes
Invierno
Un arbolito
deshojado
A la sombra
Vómito de
mariposa
Ya sin luz
Huellas que
olvidaron su pie
Sueños que
crujen y blasfeman iracundos
Pena
desolada el alma
Venas
abiertas en flor sin pistilos
El pecho
hueco
Latiendo
para sí
Resonando
en su propia masmédula
Nadie lo
oye
Y grita
grita
No quiere
más
No puede
más
¿Alguna vez
habrá alguien ahí?
Por qué
duele
Duele
Cuándo
acabará
Y será flor
Arco iris
descampando en el pecho
Por qué
esta certidumbre amarga
Saber que
ya no veré tus zapatos
Al lado de
la cama
Tiembla la
cama
Gime
pudorosa la ausencia
El frío ocupa
ahora el lugar izquierdo
El hueco
sordo
llora
ya sin
lágrimas
por qué
por qué
por qué
este ardor
que cruje
ya
sin tregua
poemas de otoño
Poemas de Otoño
Inspirados en el Cuento de Otoño de Eric Rhomer
mascullar la lasciva saliva
la tersa piel de la vendimia
en el campo diablos silvestres
entristecen.
iridiscentes
diablos silvestres
aguardan
el nacimiento
del otoño
amarillas retamas
humean
el otoño
anhelantes
la tersa piel de la vendimia
en el campo diablos silvestres
entristecen.
iridiscentes
diablos silvestres
aguardan
el nacimiento
del otoño
amarillas retamas
humean
el otoño
anhelantes
Un día en Carlos keen
Un día en Carlos Keen
La sensación de dejar la ciudad atrás mientras avanzábamos por un
pequeño camino de tierra cuyos márgenes estaban recortados por inmensos campos
que se extendían como lenguas a lo largo del camino.
Un camino estrecho y silenciosamente verde se abría ante nosotros que
mirábamos con gracia de peces o pájaros.
Así, mientras tomábamos mates y escuchábamos música y hablábamos y
reíamos y bajábamos las ventanillas para que entrara aire fresco, el paisaje
empezaba a embriagarnos y aún no sabíamos nada, o bien, lo sabíamos
silenciosamente como quien comprende un golpe de suerte o una magnificencia del
cielo.
La primera imagen será la vieja estación, un campo como un río donde
crece el pasto entre las vías de un tiempo que ya pasó.
Pueblo fellinesco. El tiempo descansa como un lagarto al sol y las
gallinas se suceden en bella procesión, dejando su música de cotorras, de
reinas acústicas.
Una casa antigua nos abrirá un sendero que no se bifurcará sino que se
extenderá como mandrágora entre bosquecillos inmensamente verdes que nos
abrazarán y a cada emoción sobrevendrá un beso, un torbellino del amor, y seremos
corazoncitos de diástoles besos y besos sístoles.
El sol filtrándose entre las ramas, pronunciando sus filamentos, sus nervaduras
de hilos de seda, sus claroscuros, su sutileza de flor. Así Darío en mí y yo en
él. Como pájaros en el centro del pecho. Arrullos del corazón.
En una vieja estancia almorzaremos mientras la moza nos servirá un
noticia horrible y sabremos que cerca estará una nena abandonada en un coche
esperando por sus padres, mientras enmudecemos y un perro como un gigante se
sentará a nuestro lado y será nuestro guardián y la expresión del desconsuelo.
Así la vida tocándole la punta de la nariz a la vida en un movimiento de
cíclope, de aleta ciega de pez.
Las patas del perro como una resistencia férrea, fiereando el olvido.
Los pasos y la tarde nos llevarán a caminar entre las vías y como
violinistas ciegos arpegiaremos el paisaje que se zambullirá para siempre en
nosotros y seremos espigas ardiendo en el viento, un ceto de amor fértil, una
hemorragia dulce, una granada en la lengua de la boca.
Darío fundiéndose en el cielo mientras nos amábamos acercando la tierra
al cielo y ya no sabremos cuál es el cielo ni cuál la tierra.
La cara de Darío, el cielo.
Los abrojos en la ropa, compañeros cómplices, telarañas del corazón.
El campo verde acentuando la fecundidad, el sol anaranjeando el cielo,
preparando el crepúsculo que nos encontrará sentados en un viejo banco,
contemplando el recorrido del viejo tren, la promesa de un tiempo que sucedió.
Los cactus que crecen como gramíneas, la puertecita para entrar al
jardín de cactus en flor, el recorrido de abejas que hicimos.
La puerta que vislumbraba un jardín idílico, las mariposas de colores en
los árboles del jardín, retazos dibujados que emulan la belleza primera, ésa
que se abre, se pliega y aletea en su dulzura frágil de cuerpo de aire. La
casita de colores que se recortaba por atrás. Los fuentones con flores que se
desparramaban en el cielo del suelo.
La despensa de cachi que encontró a Darío, presagio curioso, pétalo de
la intuición.
Los sifones conviviendo junto a zapatillas y latas de cocina y
mermeladas caseras y revistas nuevas y huevos y zapallos y longevidad.
El atardecer en la cabaña de la fundación, las luciérnagas en el aire,
su murmullo de girasoles, de cosquillas de viento, sus melodías de amor.
Las luces que se encendían y apagaban y dibujaban figuras en el aire,
prolongaciones del humor, mientras Darío y yo tomábamos mates y las mirábamos
mirándonos y nos reflejábamos en sus alaridos de luz mostrando al cielo
nuestras sonrisas de amor, nuestros corazones de luciérnagas.
La vida latiendo toda allí, nosotros ardiendo en ella, siendo el cielo y
la tierra, sus márgenes sin bordes, su tinta china.
Latido de luciérnagas, nuestros corazones, de amor y luz.
Crónica del gallo que ya no da cuerda al mundo
Crónica del gallo que ya no da cuerda al mundo
Hace un tiempo que ya no puedo precisar que,
desde mi pequeña casa de Boedo, oigo un gallo.
Creo que la primera vez que ocurrió fue por la
madrugada.
No recuerdo cuándo sucedió pero sí el tajo que
se abrió en la noche y que me depositó en otra realidad menos asible y profundamente
fantástica.
Entonces mi cara se encontró con la de Darío y
pude ver en él la afirmación absoluta del sonido que nos sumergió en otro
presente no menos absoluto.
Una sucesión de instantes-relámpagos inundaron
el centro de la escena. Eramos oídos-ojos presagiando nuestro alumbramiento.
Los silencios crecían como enredaderas
intra-muros, los párpados se abrían y cerraban con lentitud de cangrejos, la
respiración acompasaba el sonido de la espera, en la mirada axolotls
cristalizando el movimiento, volviéndolo proeza.
La presencia del gallo se hizo luciérnaga,
bichito de luz que reluce de-a-in-ter-va-los en la oscuridad. Así nos
salpicaba-alternadamente- con su gemido.
En la oscuridad crecía nuestro deseo que se
alimentaba de su propia saciedad.
Tardamos un tiempo en definirlo como un gallo.
–Parece un pato- solía decirle a Darío que me miraba entre atónito y ensoñado.
Una mañana mientras desayunábamos en el comedor
y el sonido se hizo presente lo definimos. -Es un gallo- dijimos y ya nos nos
preocupamos más de la tautología del mismo.
Si no fuera porque llevo varios días de fiebre
y gripe y tos tumbada en mi cama y los sentidos se diluyen narcotizados entre
drogas legales y enjutas recetas médicas, quizás hubiera seguido aceptando su
presencia como un hecho natural que no mereciera mayores comentarios.
Sin embargo, el letargo de la fiebre y la
aceptación del cuerpo-nube en el que estoy sumergida desde hace días, me
encontró volcada sobre un plato de verduras, y en el silencio de este mediodía
humeante, volvió a inscribirse él.
En este momento que dejé de escribir, lo
escuché.
Escribo escuchándolo como quien intenta
capturar un sueño y desprender lo simbólico que hay en él.
No es que esté obsesionada, ni siquiera me
resulta un fenómeno, pero lo cierto es que no puedo dejar de pensar de dónde
viene ni qué hace ahí.
Vivo en una manzana de casas bajas.
Mi casa es la número siete de un extenso
pasillo que atraviesa la manzana hasta su centro. Ergo, estoy en el corazón de
la manzana, en sus nervaduras.
Lo que supo ser el patio de mi casa, el tiempo
lo devoró haciendo de él un comedor de techos altos, otrora corredizos, ahora
un chaperío insulso que sólo la lluvia lo torna bonito. De aquél patio
subsisten unos viejos azulejos celestes, una rejilla antigua y un lavadero que,
desde que me mudé, es un cetro del reino vegetal.
Entre el viejo lavadero pigmentado de azulejos
y el techo hay tres ventanas linderas. A través de ellas la casa goza luz y
disfruta de un pedazo de cielo.
Es por allí por donde se cuela el sonido.
La pesquisa no se reduce a escuchar el
graznido que se filtra por el cielo de mi ventana.
Al caminar por la manzana de mi casa, no puedo
dejar de entrever las fachadas de las casas y casi ya estoy adentro,
recorriendo sus espacios hasta llegar a los patios y deducir la procedencia-gallina.
Hace días, esperando el colectivo que me
deposita en otra realidad más acuciante y menos ensoñadora, divisé por encima
de los techos de una antigua casa, una suerte de galpón. Traté de visualizar el
mapa de mi casa y cuán lindero estaría
ése terreno de mi ventana.
Enseguida vi girar por la esquina el colectivo
y fui rápidamente devorada por sus fauces, reduciendo mis pesquisas a un
pasatiempo burgués o solitario o infantil o surrealista dentro de esa realidad
ataviada de horarios y responsabilidades laborales. -Bienvenida al mundo adulto-
me dirá luego Darío, mientras una mueca le devolverá la expresión íntima de mis
sentimientos que él abrazará y besará conciente también de que la realidad es
un corset, un molde turbulento del cual bebemos y lactamos, lejos ya de la
dulzura inocente de la teta.
A veces pienso en la soledad del gallo.
Está solo. Lo sé.
Aunque no de ya cuerda al mundo, canta.
Exiliado de su hábitat canta. De madrugada, al
mediodía, por las tardes y por las noches.
Como si se hubiera roto su reloj biológico.
Canta exiliado de sí? Del mundo? Recordará
cuál es su confín? Hablará con los perros? Con los pájaros? Y si nos habla a
nosotros? Y si hubiera en él un canto ancestral, una huella de memoria que nos
convoca?
Sé que seguiré escuchándolo, tratando de
dilucidar su canto, su latido.
Su voz renacerá en mí que busco mi origen.
Me dejaré así hablar por los graznidos que hay
en mí. Pero, qué hay en mí? Qué voz me canta, me habita? Por dónde se cuela mi
voz? Hay en ella una huella de memoria que percibo y, a la vez, ignoro? De qué
sonidos está hecha mi voz? Qué hay en ella de mí?
A dónde estoy yo?
Hasta que los graznidos sean voz y origen y
agua clara, los esperaré en el centro de mi casa, en el corazón de mi manzana,
entre los instantes-relámpagos-luciérnagas y los axolotl que inundan la mirada.
Llegaré al centro de mí, al origen de mi
memoria.
Esta es la hora del crepúsculo.
Escribo a tientas sobre el papel.
Es una de mis horas favoritas.
El cielo brota en tonos rojizos y lilas, el
aire se torna más liviano, más amable.
En un rato el cielo estallará en su magnífico arco
iris, luego todo virará a los azules y entonces se encenderán las luces de la
ciudad.
Mi hora es la que respira entre el estallido
alegre del cielo y sus tonos azulados y el comienzo taciturno de las farolas.
Ese es mi instante. Tiene la alegría de los nacimientos y la melancolía dulce
del parto.
Es el momento en que la ciudad exuda su
cansancio y emergen sus sueños, en que el viajero goza de su bienestar, en que
aparece solícito el amor.
Es un instante de muerte y resurrección, de
torbellino íntimo.
Acaso soy una actriz que escribe? Una
escritora que actúa? Acaso importa eso ya?
En cualquier caso, mi escritura tiene la
fuerza de mi voz. Es una escritura de orilla, de juncos verdes, de pez rosarino, de camalote en flor. Tiene la
alegría del río, flota tácita y ondulante en su marejada de palabras, vibra en
su pudor.
Escritura de axolotl y diccionarios
escleróticos, de actriz omnisciente y sujeto siempre tácito, de horizontes
escurridizos y lecturas madreselvas, de sueños iracundos y venas en la sangre.
Escritura de venas en la sangre. Entonces abro
el torrente sanguíneo que circula en la boca, ésta-mía, que sangra y sangra
letras mientras el corazón pulsa su diccionario circulatorio, y se desata la
palabra, la ambulancia emocional que me perfora y brota espesa la tinta china mía,
ésta que quema por dentro, que bate y bate la sangre, los hilos silábicos que
pujan roncos hasta llegar al papel y desmadrarse en frases sueltas, en
conjunciones inauditas que los semiólogos describirán como sentido.
Que brote la palabra, que sea sanguínea,
sanguinaria.
La escritura como un campo de batalla, la
palabra como un ardid, como la flecha que dispara resuelta la boca, la lengua
como la matriz, y disparar, disparar hasta que brote la sangre, el espeso
lenguaje, y nos sintamos menos vírgenes y menos solos.
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