lunes, 18 de noviembre de 2013

bitácora de viaje

bitácora sensorial
viaje al sur
enero 2010


los sonidos

gaviotas
pingüinos
cormoranes
leones
elefantes marinos
el viento que sopla y sopla
el sonido del viento en la ventana del auto
el viento en la copa de los árboles
las piedras chocándose mientras caminamos
el mar rompiendo en la orilla
el viento filtrándose entre la vincha y el oído
el carretear de los cormoranes en el agua
el sonido de las piedras mientras el perro corría al pájaro en puerto deseado
el arroyo del camping de calafate que arrulló mis sueños
los estruendos del glaciar cayendo
los hielos como fuegos artificiales regalándonos su bella muerte
la lluvia sobre el cielo de la carpa
los arroyitos que percibíamos en las caminatas del parque nacional
la voz de Emma Chaplin iluminando el camino nocturno mientras nos acercábamos cada vez más a puerto pirámides
los ecos de las voces en el cañadón de puerto deseado
el canon de los gallos en la madrugada del camping de traful




los olores

el perfume de los pinos
el salitre del mar
la tierra húmeda
los eucaliptos
los animales marinos
las lavandas en calafate
el perfume de las rosas en villa la angostura





los colores

el azul del mar
el turquesa de la ría de puerto deseado
el ámbar violáceo y fuccia y naranja
el fuego de los atadeceres
las rosas de calafate
el verde de los pinos y los álamos
el turquesa del glaciar
el follaje verde como cortina del glaciar
el baño celeste como la bandera de la prefectura
las casitas de colores de Ushuaia
el arco iris que surcaba el cielo entre el bolsón y la angostura y se extendía en perfectas líneas iridiscentes entre el verde de las montañas, los claros rayos de sol y el copioso llanto del cielo
las flores amarillas que crecen silvestres al lado de la ruta
el pico naranja y amarillo del tucán de tolhuim
las estrellas surcando el cielo de los alerces
el turquesa del lago que se desprendía del azul profundo y veíamos desde el mirador de traful (con picardía de cóndor o faro austral)
la mariposa naranja que se posó sobre el pie de irmi
los abrojos verdes en las patas de los perros que encontramos en el camino de Ushuaia a las estancias




los sabores

el mate amargo en la ruta
el mar en la boca
los restos marinos que recogí en la playa de pirámides
la torta galesa de gaiman
el café con ginebra en la noche helada
el sabor agrio del calafate



las sensaciones

la lluvia en la cara en el avistaje de puerto deseado
el café caliente con torta en la isla de los pingüinos
el rostro frío saliendo de la bolsa de dormir
el dormir gusano de seda adentro de la bolsa
las manos frías debajo de los guantes
la noche fría en la noche de lucas



los recuerdos

la isla de los pingüinos entre la llovizna y el cielo plomizo interrumpido por momentos de rayos que caían a lo lejos
los pingüinos mirándose, mirándome, sabiéndose en su territorio, mi condición de extranjera allí, mi identidad de espectadora ahí
los delfines que aparecían intermitentes en el camino de las estancias de Ushuaia
la cajita de caracoles y recuerdos marinos que armé en el canal de Beagle
las gotitas de lluvia sobre las hojas de los conejitos
la mirada de díaz mientras nos contaba de su vida de prefecto, del aislamiento de los treinta días al final de la ruta en el canal de Beagle (mientras la mirada se fugaba hacia el mar, para luego volver hacia él y en un cíclope hacia nosotros (como si se mirara en un espejo retrovisor y fuéramos entonces la tierra lejana, un cielo de verano eclipsado en un fotografía)
los árboles escorados en el camino del Beagle
el pato chiquito que seguía al mayor correteando sin levantar vuelo
el reflejo del cielo y las casas y las montañas en la bahía de Ushuaia
los pájaros como faros sobre las copas de las lengas
la nena vietnamita con el niño francés que giraban como trompos sujetándose sobre uno de los pilares del refugio en el camping de Ushuaia
la risa en sus caras
el encuentro cara a cara con la vaca negra y blanca que me expulsó de su territorio que era el sendero de la cascada del arroyo blanco


  

entre nubes

Me despierto de un sueño profundo.
Es de noche.
Dari duerme a mi lado.
Estamos en el avión que mañana nos despertará en Lisboa.
No sé qué hora es ni adónde estoy.
Abro la pequeña ventana que está a mi lado y aparece el cielo. Está estrellado.
Veo, a mi izquierda, un ala del avión que recorta el horizonte casi al medio. Por encima, las estrellas, por debajo las nubes y, más abajo aún, un intenso azul. Allí intuyo el mar.
A tientas enciendo la pantalla que tengo por delante y descubro que estamos en el medio del Océano Atlántico. Siento una tímida emoción.
Vuelvo a la oscuridad de la ventana.
Me inundo de ese paisaje lácteo. Lácteo y acuático, de ribetes marinos.
Como un niño, pego mi cara a la ventana, quiero entrar en el paisaje, salpicarme de sus estrellas y sus azules.
Como un niño, pienso en mis abuelos que ya no están, como si pudiera allí intuirlos, como si la noche que vuela me arrimase y casi creo sentirme más cerca.

Eso pienso mientras abrazo el paisaje e intento fotografiarlo en la memoria; entonces bajo los párpados que caen como tules de novia humedeciendo las pestañas y entibiando el rostro que ahora despierta. 

sábado, 26 de enero de 2013

otros poemas

rutilante chasquido
inadvertido trasbordo
néctar que se descuece
-casi a punto-
bajo el fuego
de otras lenguas



lengua
misántropa
vahído menguante
lilas puntiagudas
boca de alfileres rutilantes



largas patas de mangosta
fierean el olvido
taconean el óvulo opalino
la máscula         diluída
canela de la memoria



poemas rosarinos

a rosario
julio/agosto 2007


nácar adolecido
la memoria
ése cuchillito hambriento
que cava y cava
cielos
ya ajenos




Síntesis cartográfica
a mi pedacito de cielo y tierra del parque españa

l
os pies
atan        hilitos de lo que fui
cartografía de la memoria
que insiste
y atrapa los pasos
cansados de otras huellas
la mirada resbala
mar del recuerdo
único mar       de todos los mares




la emoción enmudeciendo
la cuenca del olvido
sordera de la memoria
ronca voz
del hastío



demúdase
ella
voz silente
la memoria
canto hierático
del mar muerto



cajita de memoria
lábil encaje del pasado
hambrecita
run run
axolotl del deseo



instantáneas

inspirado en la película ¨historias mínimas¨

Mínimas como la sonrisa capturada por la cámara, como el recorrido entre el olvido y el recuerdo, como el vuelo de una hoja que decide emanciparse del árbol, como el suspiro que persigue/ delata a una carta, como la lengua de las mariposas. Entonces, la necesidad de salir corriendo, buscarlo a paco, decirle que sí, que siempre tuvo razón, que la vida sigue siendo al fin y al cabo lo mejor que conocemos.

Exiliados del snobismo, apátridas, indocumentados de la sociedad de consumo.
Mientras Caetano Veloso canta ¨vuelvo al sur¨, pienso que es imposible volver de donde nunca se estuvo, que es ¨ancho y negro el olvido¨, y que el pueblo argentino nada tiene de pueblo.

Enero de 2000. Llego al sur. Pienso que hubiera sido lo mismo viajar a Caracas o a Tailandia. Los kilómetros arriman otro país. Con la misma extrañeza con la que se reencuentra a alguien alguna vez amado, camino. Un silencio añejo sube por mi espalda, recorre la nuca, busca asiento en la mirada.
Recuerdo haber leído la teoría de la alienación. Intento teorizar, pronto advierto que no tiene sentido. Así como Cortázar habla de des- escribir, pienso en des- aprender o des- codificar mi diccionario universitario.

En el sur el tiempo aguarda congelado en la cúspide de una montaña. Un viejo se ceba un mate, respira llanuras, sostiene su mirada en el aire, dibuja nortes imposibles. Espera sin esperar, sin saberse siquiera esperado. De pronto, se acerca un hombre, relata una encuentro que sucede aún más al sur. El viejo guarda el mate y la ilusión en un bolso. Exiliado de su casa y de su vida, decide partir. Recuerdo haber leído que la vejez es, seguramente, una desvelada memoria. Creo que Haroldo Conti debe haber pensado en algún viejo como éste. Después de todo, la unicidad unas cuántas veces se torna imposible.

La televisión. Ese ¨bizarro¨ fetiche que ordena la vida moderna irrumpe en la impasibilidad de una chica de Fitz Roy. Flashes de una ilusión funcional. La cercanía vuelve a arrimar nuevas distancias.

La vida es una gran rayuela. El flaco siempre lo supo. No necesariamente hay que subir para avanzar. Retroceder, a veces, resulta otra forma de caminar. A partir de aquí, la posibilidad de volver, de intuir en cada partida una posible llegada, dialéctica inevitable en la libreta del viajero. Y, al final, el cielo.

En el fondo las historias son siempre las mismas. La simplicidad les confiere una belleza inigualable, postales irrepetibles que saben a sueños y a la vida misma.
Mínimas historias. Pequeñas bicicletas para aquéllos que deciden pedalear sobre la cornisa de la vida.

viernes, 25 de enero de 2013

acerca de una puesta de marat sade


Cuando la locura se sistematiza y la representación deja de ser ficción
Marat- Sade


25 de julio de 2009

Después de varios días de incuestionable ola polar me decido a ir al teatro a ver Marat Sade. Lo hago con un compañero de viaje, psiquiatra él, actriz yo.
Recuerdo que hace ya algunos años, en la facultad, alguna vez escribí un trabajo sobre el Marqués. Desde entonces su figura me ha convocado casi sonámbulamente. Así, mientras compramos las entradas que nos llevarán a la Martín Coronado empiezo a dejarme imbuir por sus letras, los ecos inextinguibles de sus fantasmas.

La función empieza puntual. 20:30. Ninguna anomalía hasta allí. Todo se disponía en la apariencia, en la convención de lo establecido, de lo socialmente acordado.
Sin embargo, mientras empieza y se desarrolla la narración, empiezo a advertir la precariedad de mi hipótesis, la inconveniencia de verme allí, azuzada por el estigma de Sade.

Empecemos por el principio. Así entonces algo que parecía una novedad simpática, el hecho de que hubiera público sobre el escenario, se empieza a convertir en un engaño falaz. El relato avanza y con él la sensación del peligro de la actuación, esa lepra iracunda que nos recuerda que la vida misma es en sí puro artificio.
Un grupo de internos psiquiátricos representan para nosotros, un nosotros que cruelmente se define en oposición a un ellos. Se abre así un primer tajo que intenta pensarnos desde el afuera, el afuera que nos separa y a la vez nos constituye.
La locura se sistematiza como tal y la puesta nos invita a regodearnos en el placer morboso de sabernos a salvo, asistimos como voyers (con todo lo que hay en eso de impune) a la ceremonia ajena (¿) como si la alienación coercionara sólo al otro.

La otredad nos convierte en verdugos. Cuando uno de los personajes que encarna la voz de la conciencia social, nos implora que despertemos del letargo, el poder siempre pujará por oprimirnos nos dice (estará entonces en nosotros salvar nuestros ideales); nos conduce hacia una mueca trágica, como aquél que propaga limosnas y por ello se tranquiliza, cuando en realidad macabramente promueve y asienta la desigualdad. Nosotros, los de afuera, en realidad somos el embrión de ese adentro, su útero.

El espejo de la representación nos vuelve miserables, inmisericordiosos, este revés es el tema profundo de la puesta, su terrible revelación.
Cuando pensaba que había terminado, como una pesadilla en la que uno se ve deformado y, a veces, teme de sí (pero siempre por sí); baja una enorme reja que nos separa. A quiénes, de quiénes, me pregunto.

Así me fui, con la certeza del dedo en la llaga, las llagas abiertas en el pensamiento, como cuchillos hambrientos por tanta indiferencia, por el abuso siempre hediondo del poder.

Hoy me despierto y tras un sueño profundo advierto dormí once horas. Pienso en qué habré dormido durante tanto tiempo.

    

¨no se culpe a nadie. la noche boca arriba¨


Domingo 15 de agosto de 2010

“No se culpe a nadie: La noche boca arriba. Pequeño homenaje a Don Julio Cortázar”



La noche que empezamos a soñar con Mariana hace algunas noches atrás, encontró su propio cielo en la pequeña morada de boedo.
Así, con la viscosidad del sueño, con lo fantasmagórico que supone toda evocación, empezaron a deambular insomnes los personajes de Cortázar. Como una bicicleta de tiempo, las paredes y los colores, se tiñeron de gritos intramuros, de  presencias translúcidas, de azucenas en la boca del tiempo.

Talita, Traveler, Oliveira, Gregorovius, La Maga, aparecían en una secuencia de rayuela, de voces entornadas de los amigos que, como ventanas, nos inundaban de corales, de sigilosos aullidos, de melodías crisálidas, arrullos de caracol.

Las voces se sucedían como los discos que entraban y salían y Coltrane-Parker-Julián-Mariana-Oliveira-Solana-La Maga-María-Davis-Holliday-Daniel-Gregorovius-Javier-Babs-Etienne-etc-etc-

“Siéntase como en su casa” aguardaba junto-a-globo-naranja-con-cinta-roja-en-la-puerta- como contraseña risueña de la casa g del extenso pasillo de la calle México. Guiño que duró poco, por cierto, gracias a algún voraz lector que llevóselo consigo. Así Julián encargóse de recibir a los indómitos espíritus que sucumbían por las lindes de boedo y entre velas que enmarcaban el angosto pasillo y silencios clandestinos y cabezas que asomaban desde adentro de la casa y mariana y sol en la rayuela que recorría el costado de la casa, juli leía el cuento, mientras avanzaban los invitados y ya con mariana los zambullíamos con magas y oliveiras y tickets de metro y lluvias de bienvenidas.

El amor, ésa palabra… Dice mariana que dice oliveira que dice la maga y el silencio que lo sucede y cada uno arrulla y llena con su propia fuente.

Libros que recorrían de mano en mano, fragmentos recortados al azar, 62 y modelos para armar, la noche y sus telarañas y etílicos elixires y el jazz y la música cubana y las paredes que transpiraban sueños mientras la salamandra vociferaba cantos de cigarra y débora encendía cuidadosamente su voz y nos sentíamos reconfortados y cercanos.

Las pinceladas de javi, los acordes que resbalaban de la guitarra, las sonrisas que aparecían como luces, como claraboyas donde reflejarse y acurrucarse, los ecos de las voces que despuntaban de los márgenes de los libros, y nos dejaban atónitos y exultantes, presos de cada respiración.

La ronda terminó bien avanzada la madrugada. Escribo desde el lunes éste que le sucedió. Aún quedan recortes desvencijados enmarcando la casa, letras que me espían desde las puertas y las ventanas, el oso y su discurso de cañerías que respira junto al cuerito que aún no cambié y  me recuerda a gritos que allí está. Retratos en los que puedo reconocer a algunos de los que estuvieron anoche, velas pegadas por todos lados, como pequeñas fosforescencias, saltos del humor.












velada boedista


Impresiones sobre el sábado 8 de noviembre. Encuentro inaugural de las Noches de Boedo. Primer velada aquí, en los confines del sur, en el norte del deseo.


00.30 am

En ronda en el comedor de la casa, cierto desconcierto que precede al acontecer, figura primera y nostálgica de lo que ha de venir, hueco en la base del estómago, palabras balbuceadas, letras que aún no son, sílabas que caen de los labios y bailan una danza aún por nacer. Alguien intenta contar un chiste, maría juguetea con un coro silente de lechuzas, intenta arrimarle palabras, alcanzarles sonrisas presagiosas, ante la mirada general que aguarda, algo suceda. Pero el suceder precipita e invita al acontecimiento, no hay rodeos ni separación posible, dulce amalgama que tejemos en la oscuridad, con los ojos abiertos y el corazón palpitando. Risas confundidas, tímidamente precipitadas, sensación de vacío, paréntesis en la lengua del tiempo.


1.30 am

Acordamos esperar a Iván para iniciar la ceremonia. De pronto suena el timbre, una sucesión de velas corren de mano en mano, y bajo la consigna de salir para entrar, las sombras se desparraman en la oscuridad del pasillo. Con javi armamos una treta,  entonces me aseguro de apagar los veladores de casa, de cerrar cada puertita de luz, de encender algunas claras velas. tami manipula la cámara, diego acompaña distraídamente atento el incipiente ritual. Entonces salimos al pasillo y haces de luces incandescentes inundan la puerta de entrada, murmullo de pájaros, arrullo de paloma, canto de sirenas del mar muerto, coro ciego crepitando en el umbral de la sombra, para iluminar la sonrisa y las lágrimas de la anfitriona que comienza a acercarse temiendo azuzar al arco iris del cielo.
Estrellas del cielo, los amigos, ardiendo en la lumbre de la noche. 


1.35 am

Seres de luz desparramando sus haces, luciérnagas del cielo que inundan ahora la casa en penumbras, susurros lumínicos en corro que aguardan, ignorando entraman el más grande acontecimiento, ese que esplende y permite escurrirse, entre los fulgores, la voz de la guitarra que atrapa melodías insurgentes y cede paso a una canción de cuna que entonces cantaré encendiendo el aquelarre del cielo.


1.40 am

Aparecerá el espíritu de thénon, sus frágiles melodías, sus gritos moribundos, sus pedidos de auxilio y nomeolvides, su bella melancolía.
La noche seguirá rodando, con sus flores mixtas, el canto de abejas de una chica de la que no recuerdo su nombre pero guardo su voz en la cuenca del oído, su sonrisa clara que iluminaba cada uno de los versos, la dulzura de apicultor que dibujaba la música en la cara. Leo y su compañero abriendo los cauces de la melodía, haciendo surcos, tajos en la palabra, pentagramas del alma, abrazando el compás del momento, la emoción de alzar sus propias voces. La cara de leo, las estrellas en su mirada.

Javi y Gabriel echarán a rodar su secuaz dúo, despertando sonrisas suspicaces, la bendita y siempre agradecida alegría en los tiempos del cólera.
La guitarra y los discos se alternarán sucesivamente a lo largo de la noche. Las voces se sucederán en una perfecta improvisación como un tótem jazzístico y tal vez un solapado tributo. 



6 am

Timbre refutador de cualquier tímida leyenda inunda el ahora despejado espacio de la casa de México. Diego se ríe, intenta domesticar los acordes de su guitarra, las viejas canciones que deambulan en ceremonia despabilando los estantes del tiempo. Cierta melancolía se filtra intramuro. Como una enredadera perniciosa aparecen las risas mezcladas con el alcohol y cierta primitiva tristeza. Diego se vuelve a reconquista y a estas horas de la larga noche parece un tema inevitable. Entonces recordamos viejos momentos, bebemos otra copa de vino, cantamos y nos reímos un rato más, como si así se detuviera el tiempo, como si pudiéramos conservar para siempre este momento, que sentimos último. Alargar la despedida, alejar las patas del olvido.


7 am

Recojo los vasos, las colillas de cigarrillos que se desparraman como telas de arañas por los rincones, enjuago los restos de vino, cuido prolijamente de tirar los restos y las suciedades. Me lavo la cara, siguiendo el mismo procedimiento de limpieza, de depuración. luego me cepillo los dientes, entonces suena el teléfono y es iván diciendo que diego olvidó no sé qué cosa en casa, que estará tocándome el timbre, que le abra, que no es la vecina. balbuceo algo entre el cepillo y la pasta y escucho su risa fundida con el timbre que entonces suena. Escupo lo que quedó de mi pasta de dientes, le abro. Entra risueño y ni siquiera intenta explayarse en el argumento. Es tarde para preámbulos. Agarra sus cosas y nos despedimos. Le doy un beso y le sonrío. Voy a entrar a casa y sin embargo me detengo en el umbral, el amanecer empieza a recortar las figuras, entonces lo veo irse, tambaleando en el final del pasillo donde momentos atrás lo hacía con bolsas llenas de botellas que ebriamente se afanaban en regalarnos sus últimos estertores. Siempre había sido el amigo de tami, el novio de luchi, ahora descubro forma también parte del tesoro de mis afectos y amistades. Entonces será la última imagen, aquella que cierra la noche y dibuja un nuevo cielo, ya lejos de boedo.

poemas renacentistas


Ay de mí
de ti
cuscús
arbolito sin hojas
ramito rectilíneo
pájaro silvestre




corazoncito
que late      y late
trotamundos
sin pausa
lengua
estrella en flor




amanecí albatro
flor rectilínea
puntiaguda lengua
viscosa ameba

soy la estrella
que perfumaste en mí
febril
marea del mañana





desgajar la boca
espesar los labios
despuntar
los dientes
ahuecar
las horas del sueño
hincar los tejidos
hasta entumecer
la sangre
fagocitarla
de semen
desflorar en estrella
    



dibujar un escarabajo
en un papel
pintarlo
de rojo
fuerte
avivar el vuelo




dibujar
una ventana
colorearla con brotecitos
y un pájaro silvestre
y mensaje
de nomeolvides




juntar margaritas
hasta que digan
que sí




el escaramujo
berrea en el verde olivar
lagrimea la tierra
carretea a una chinche
se consuela con frases
de nomeolvides
sanseacabó
ya volverá














poemas tristes


Invierno

Un arbolito deshojado
A la sombra
Vómito de mariposa
Ya sin luz
Huellas que olvidaron su pie
Sueños que crujen y blasfeman iracundos
Pena desolada el alma
Venas abiertas en flor sin pistilos
El pecho hueco
Latiendo para sí
Resonando en su propia masmédula
Nadie lo oye
Y grita grita
No quiere más
No puede más




¿Alguna vez habrá alguien ahí?




Por qué duele
Duele
Cuándo acabará
Y será flor
Arco iris descampando en el pecho



Por qué esta certidumbre amarga
Saber que ya no veré tus zapatos
Al lado de la cama




Tiembla la cama
Gime pudorosa la ausencia
El frío ocupa ahora el lugar izquierdo
El hueco sordo
llora
ya sin lágrimas




por qué
por qué
por qué
este ardor
que cruje ya
sin tregua





poemas de otoño


Poemas de Otoño
Inspirados en el Cuento de Otoño de Eric Rhomer



mascullar la lasciva saliva
la tersa piel de la vendimia
en el campo diablos silvestres
entristecen.


iridiscentes
diablos silvestres
aguardan
el nacimiento
del otoño


amarillas retamas
humean
el otoño
anhelantes

Un día en Carlos keen


Un día en Carlos Keen
  
La sensación de dejar la ciudad atrás mientras avanzábamos por un pequeño camino de tierra cuyos márgenes estaban recortados por inmensos campos que se extendían como lenguas a lo largo del camino.
Un camino estrecho y silenciosamente verde se abría ante nosotros que mirábamos con gracia de peces o pájaros.
Así, mientras tomábamos mates y escuchábamos música y hablábamos y reíamos y bajábamos las ventanillas para que entrara aire fresco, el paisaje empezaba a embriagarnos y aún no sabíamos nada, o bien, lo sabíamos silenciosamente como quien comprende un golpe de suerte o una magnificencia del cielo.

La primera imagen será la vieja estación, un campo como un río donde crece el pasto entre las vías de un tiempo que ya pasó.
Pueblo fellinesco. El tiempo descansa como un lagarto al sol y las gallinas se suceden en bella procesión, dejando su música de cotorras, de reinas acústicas.

Una casa antigua nos abrirá un sendero que no se bifurcará sino que se extenderá como mandrágora entre bosquecillos inmensamente verdes que nos abrazarán y a cada emoción sobrevendrá un beso, un torbellino del amor, y seremos corazoncitos de diástoles besos y besos sístoles.
El sol filtrándose entre las ramas, pronunciando sus filamentos, sus nervaduras de hilos de seda, sus claroscuros, su sutileza de flor. Así Darío en mí y yo en él. Como pájaros en el centro del pecho. Arrullos del corazón.

En una vieja estancia almorzaremos mientras la moza nos servirá un noticia horrible y sabremos que cerca estará una nena abandonada en un coche esperando por sus padres, mientras enmudecemos y un perro como un gigante se sentará a nuestro lado y será nuestro guardián y la expresión del desconsuelo. Así la vida tocándole la punta de la nariz a la vida en un movimiento de cíclope, de aleta ciega de pez.
Las patas del perro como una resistencia férrea, fiereando el olvido.

Los pasos y la tarde nos llevarán a caminar entre las vías y como violinistas ciegos arpegiaremos el paisaje que se zambullirá para siempre en nosotros y seremos espigas ardiendo en el viento, un ceto de amor fértil, una hemorragia dulce, una granada en la lengua de la boca.
Darío fundiéndose en el cielo mientras nos amábamos acercando la tierra al cielo y ya no sabremos cuál es el cielo ni cuál la tierra.
La cara de Darío, el cielo.
Los abrojos en la ropa, compañeros cómplices, telarañas del corazón.

El campo verde acentuando la fecundidad, el sol anaranjeando el cielo, preparando el crepúsculo que nos encontrará sentados en un viejo banco, contemplando el recorrido del viejo tren, la promesa de un tiempo que sucedió.
Los cactus que crecen como gramíneas, la puertecita para entrar al jardín de cactus en flor, el recorrido de abejas que hicimos.

La puerta que vislumbraba un jardín idílico, las mariposas de colores en los árboles del jardín, retazos dibujados que emulan la belleza primera, ésa que se abre, se pliega y aletea en su dulzura frágil de cuerpo de aire. La casita de colores que se recortaba por atrás. Los fuentones con flores que se desparramaban en el cielo del suelo.

La despensa de cachi que encontró a Darío, presagio curioso, pétalo de la intuición.
Los sifones conviviendo junto a zapatillas y latas de cocina y mermeladas caseras y revistas nuevas y huevos y zapallos y longevidad.

El atardecer en la cabaña de la fundación, las luciérnagas en el aire, su murmullo de girasoles, de cosquillas de viento, sus melodías de amor.
Las luces que se encendían y apagaban y dibujaban figuras en el aire, prolongaciones del humor, mientras Darío y yo tomábamos mates y las mirábamos mirándonos y nos reflejábamos en sus alaridos de luz mostrando al cielo nuestras sonrisas de amor, nuestros corazones de luciérnagas.
La vida latiendo toda allí, nosotros ardiendo en ella, siendo el cielo y la tierra, sus márgenes sin bordes, su tinta china.
Latido de luciérnagas, nuestros corazones, de amor y luz. 







Crónica del gallo que ya no da cuerda al mundo


Crónica del gallo que ya no da cuerda al mundo


Hace un tiempo que ya no puedo precisar que, desde mi pequeña casa de Boedo, oigo un gallo.
Creo que la primera vez que ocurrió fue por la madrugada.
No recuerdo cuándo sucedió pero sí el tajo que se abrió en la noche y que me depositó en otra realidad menos asible y profundamente fantástica.
Entonces mi cara se encontró con la de Darío y pude ver en él la afirmación absoluta del sonido que nos sumergió en otro presente no menos absoluto.
Una sucesión de instantes-relámpagos inundaron el centro de la escena. Eramos oídos-ojos presagiando nuestro alumbramiento.
Los silencios crecían como enredaderas intra-muros, los párpados se abrían y cerraban con lentitud de cangrejos, la respiración acompasaba el sonido de la espera, en la mirada axolotls cristalizando el movimiento, volviéndolo proeza.
La presencia del gallo se hizo luciérnaga, bichito de luz que reluce de-a-in-ter-va-los en la oscuridad. Así nos salpicaba-alternadamente- con su gemido.
En la oscuridad crecía nuestro deseo que se alimentaba de su propia saciedad.

Tardamos un tiempo en definirlo como un gallo. –Parece un pato- solía decirle a Darío que me miraba entre atónito y ensoñado.
Una mañana mientras desayunábamos en el comedor y el sonido se hizo presente lo definimos. -Es un gallo- dijimos y ya nos nos preocupamos más de la tautología del mismo.
Si no fuera porque llevo varios días de fiebre y gripe y tos tumbada en mi cama y los sentidos se diluyen narcotizados entre drogas legales y enjutas recetas médicas, quizás hubiera seguido aceptando su presencia como un hecho natural que no mereciera mayores comentarios.
Sin embargo, el letargo de la fiebre y la aceptación del cuerpo-nube en el que estoy sumergida desde hace días, me encontró volcada sobre un plato de verduras, y en el silencio de este mediodía humeante, volvió a inscribirse él.


En este momento que dejé de escribir, lo escuché.

Escribo escuchándolo como quien intenta capturar un sueño y desprender lo simbólico que hay en él.
No es que esté obsesionada, ni siquiera me resulta un fenómeno, pero lo cierto es que no puedo dejar de pensar de dónde viene ni qué hace ahí.


Vivo en una manzana de casas bajas.
Mi casa es la número siete de un extenso pasillo que atraviesa la manzana hasta su centro. Ergo, estoy en el corazón de la manzana, en sus nervaduras.
Lo que supo ser el patio de mi casa, el tiempo lo devoró haciendo de él un comedor de techos altos, otrora corredizos, ahora un chaperío insulso que sólo la lluvia lo torna bonito. De aquél patio subsisten unos viejos azulejos celestes, una rejilla antigua y un lavadero que, desde que me mudé, es un cetro del reino vegetal.
Entre el viejo lavadero pigmentado de azulejos y el techo hay tres ventanas linderas. A través de ellas la casa goza luz y disfruta de un pedazo de cielo.
Es por allí por donde se cuela el sonido.

La pesquisa no se reduce a escuchar el graznido que se filtra por el cielo de mi ventana.
Al caminar por la manzana de mi casa, no puedo dejar de entrever las fachadas de las casas y casi ya estoy adentro, recorriendo sus espacios hasta llegar a los patios y deducir la procedencia-gallina.
Hace días, esperando el colectivo que me deposita en otra realidad más acuciante y menos ensoñadora, divisé por encima de los techos de una antigua casa, una suerte de galpón. Traté de visualizar el mapa de mi casa y cuán lindero estaría  ése terreno de mi ventana.
Enseguida vi girar por la esquina el colectivo y fui rápidamente devorada por sus fauces, reduciendo mis pesquisas a un pasatiempo burgués o solitario o infantil o surrealista dentro de esa realidad ataviada de horarios y responsabilidades laborales. -Bienvenida al mundo adulto- me dirá luego Darío, mientras una mueca le devolverá la expresión íntima de mis sentimientos que él abrazará y besará conciente también de que la realidad es un corset, un molde turbulento del cual bebemos y lactamos, lejos ya de la dulzura inocente de la teta.


A veces pienso en la soledad del gallo.
Está solo. Lo sé.
Aunque no de ya cuerda al mundo, canta.
Exiliado de su hábitat canta. De madrugada, al mediodía, por las tardes y por las noches.
Como si se hubiera roto su reloj biológico.
Canta exiliado de sí? Del mundo? Recordará cuál es su confín? Hablará con los perros? Con los pájaros? Y si nos habla a nosotros? Y si hubiera en él un canto ancestral, una huella de memoria que nos convoca?

Sé que seguiré escuchándolo, tratando de dilucidar su canto, su latido.
Su voz renacerá en mí que busco mi origen.
Me dejaré así hablar por los graznidos que hay en mí. Pero, qué hay en mí? Qué voz me canta, me habita? Por dónde se cuela mi voz? Hay en ella una huella de memoria que percibo y, a la vez, ignoro? De qué sonidos está hecha mi voz? Qué hay en ella de mí?
A dónde estoy yo?

Hasta que los graznidos sean voz y origen y agua clara, los esperaré en el centro de mi casa, en el corazón de mi manzana, entre los instantes-relámpagos-luciérnagas y los axolotl que inundan la mirada.
Llegaré al centro de mí, al origen de mi memoria.












Esta es la hora del crepúsculo.
Escribo a tientas sobre el papel.
Es una de mis horas favoritas.
El cielo brota en tonos rojizos y lilas, el aire se torna más liviano, más amable.
En un rato el cielo estallará en su magnífico arco iris, luego todo virará a los azules y entonces se encenderán las luces de la ciudad.
Mi hora es la que respira entre el estallido alegre del cielo y sus tonos azulados y el comienzo taciturno de las farolas. Ese es mi instante. Tiene la alegría de los nacimientos y la melancolía dulce del parto.
Es el momento en que la ciudad exuda su cansancio y emergen sus sueños, en que el viajero goza de su bienestar, en que aparece solícito el amor.
Es un instante de muerte y resurrección, de torbellino íntimo.

Acaso soy una actriz que escribe? Una escritora que actúa? Acaso importa eso ya?
En cualquier caso, mi escritura tiene la fuerza de mi voz. Es una escritura de orilla, de juncos verdes, de pez  rosarino, de camalote en flor. Tiene la alegría del río, flota tácita y ondulante en su marejada de palabras, vibra en su pudor.
Escritura de axolotl y diccionarios escleróticos, de actriz omnisciente y sujeto siempre tácito, de horizontes escurridizos y lecturas madreselvas, de sueños iracundos y venas en la sangre.

Escritura de venas en la sangre. Entonces abro el torrente sanguíneo que circula en la boca, ésta-mía, que sangra y sangra letras mientras el corazón pulsa su diccionario circulatorio, y se desata la palabra, la ambulancia emocional que me perfora y brota espesa la tinta china mía, ésta que quema por dentro, que bate y bate la sangre, los hilos silábicos que pujan roncos hasta llegar al papel y desmadrarse en frases sueltas, en conjunciones inauditas que los semiólogos describirán como sentido.
Que brote la palabra, que sea sanguínea, sanguinaria.
La escritura como un campo de batalla, la palabra como un ardid, como la flecha que dispara resuelta la boca, la lengua como la matriz, y disparar, disparar hasta que brote la sangre, el espeso lenguaje, y nos sintamos menos vírgenes y menos solos.