Domingo 15
de agosto de 2010
“No se
culpe a nadie: La noche boca arriba. Pequeño homenaje a Don Julio Cortázar”
La noche
que empezamos a soñar con Mariana hace algunas noches atrás, encontró su propio
cielo en la pequeña morada de boedo.
Así, con la
viscosidad del sueño, con lo fantasmagórico que supone toda evocación,
empezaron a deambular insomnes los personajes de Cortázar. Como una bicicleta
de tiempo, las paredes y los colores, se tiñeron de gritos intramuros, de presencias translúcidas, de azucenas en la
boca del tiempo.
Talita,
Traveler, Oliveira, Gregorovius, La
Maga , aparecían en una secuencia de rayuela, de voces
entornadas de los amigos que, como ventanas, nos inundaban de corales, de
sigilosos aullidos, de melodías crisálidas, arrullos de caracol.
Las voces
se sucedían como los discos que entraban y salían y
Coltrane-Parker-Julián-Mariana-Oliveira-Solana-La Maga-María -Davis-Holliday-Daniel-Gregorovius-Javier-Babs-Etienne-etc-etc-
“Siéntase
como en su casa” aguardaba junto-a-globo-naranja-con-cinta-roja-en-la-puerta-
como contraseña risueña de la casa g del extenso pasillo de la calle México.
Guiño que duró poco, por cierto, gracias a algún voraz lector que llevóselo
consigo. Así Julián encargóse de recibir a los indómitos espíritus que sucumbían
por las lindes de boedo y entre velas que enmarcaban el angosto pasillo y
silencios clandestinos y cabezas que asomaban desde adentro de la casa y
mariana y sol en la rayuela que recorría el costado de la casa, juli leía el
cuento, mientras avanzaban los invitados y ya con mariana los zambullíamos con
magas y oliveiras y tickets de metro y lluvias de bienvenidas.
El amor,
ésa palabra… Dice mariana que dice oliveira que dice la maga y el silencio que
lo sucede y cada uno arrulla y llena con su propia fuente.
Libros que
recorrían de mano en mano, fragmentos recortados al azar, 62 y modelos para
armar, la noche y sus telarañas y etílicos elixires y el jazz y la música
cubana y las paredes que transpiraban sueños mientras la salamandra vociferaba
cantos de cigarra y débora encendía cuidadosamente su voz y nos sentíamos
reconfortados y cercanos.
Las
pinceladas de javi, los acordes que resbalaban de la guitarra, las sonrisas que
aparecían como luces, como claraboyas donde reflejarse y acurrucarse, los ecos
de las voces que despuntaban de los márgenes de los libros, y nos dejaban
atónitos y exultantes, presos de cada respiración.
La ronda
terminó bien avanzada la madrugada. Escribo desde el lunes éste que le sucedió.
Aún quedan recortes desvencijados enmarcando la casa, letras que me espían
desde las puertas y las ventanas, el oso y su discurso de cañerías que respira
junto al cuerito que aún no cambié y me
recuerda a gritos que allí está. Retratos en los que puedo reconocer a algunos
de los que estuvieron anoche, velas pegadas por todos lados, como pequeñas
fosforescencias, saltos del humor.
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