viernes, 25 de enero de 2013

velada boedista


Impresiones sobre el sábado 8 de noviembre. Encuentro inaugural de las Noches de Boedo. Primer velada aquí, en los confines del sur, en el norte del deseo.


00.30 am

En ronda en el comedor de la casa, cierto desconcierto que precede al acontecer, figura primera y nostálgica de lo que ha de venir, hueco en la base del estómago, palabras balbuceadas, letras que aún no son, sílabas que caen de los labios y bailan una danza aún por nacer. Alguien intenta contar un chiste, maría juguetea con un coro silente de lechuzas, intenta arrimarle palabras, alcanzarles sonrisas presagiosas, ante la mirada general que aguarda, algo suceda. Pero el suceder precipita e invita al acontecimiento, no hay rodeos ni separación posible, dulce amalgama que tejemos en la oscuridad, con los ojos abiertos y el corazón palpitando. Risas confundidas, tímidamente precipitadas, sensación de vacío, paréntesis en la lengua del tiempo.


1.30 am

Acordamos esperar a Iván para iniciar la ceremonia. De pronto suena el timbre, una sucesión de velas corren de mano en mano, y bajo la consigna de salir para entrar, las sombras se desparraman en la oscuridad del pasillo. Con javi armamos una treta,  entonces me aseguro de apagar los veladores de casa, de cerrar cada puertita de luz, de encender algunas claras velas. tami manipula la cámara, diego acompaña distraídamente atento el incipiente ritual. Entonces salimos al pasillo y haces de luces incandescentes inundan la puerta de entrada, murmullo de pájaros, arrullo de paloma, canto de sirenas del mar muerto, coro ciego crepitando en el umbral de la sombra, para iluminar la sonrisa y las lágrimas de la anfitriona que comienza a acercarse temiendo azuzar al arco iris del cielo.
Estrellas del cielo, los amigos, ardiendo en la lumbre de la noche. 


1.35 am

Seres de luz desparramando sus haces, luciérnagas del cielo que inundan ahora la casa en penumbras, susurros lumínicos en corro que aguardan, ignorando entraman el más grande acontecimiento, ese que esplende y permite escurrirse, entre los fulgores, la voz de la guitarra que atrapa melodías insurgentes y cede paso a una canción de cuna que entonces cantaré encendiendo el aquelarre del cielo.


1.40 am

Aparecerá el espíritu de thénon, sus frágiles melodías, sus gritos moribundos, sus pedidos de auxilio y nomeolvides, su bella melancolía.
La noche seguirá rodando, con sus flores mixtas, el canto de abejas de una chica de la que no recuerdo su nombre pero guardo su voz en la cuenca del oído, su sonrisa clara que iluminaba cada uno de los versos, la dulzura de apicultor que dibujaba la música en la cara. Leo y su compañero abriendo los cauces de la melodía, haciendo surcos, tajos en la palabra, pentagramas del alma, abrazando el compás del momento, la emoción de alzar sus propias voces. La cara de leo, las estrellas en su mirada.

Javi y Gabriel echarán a rodar su secuaz dúo, despertando sonrisas suspicaces, la bendita y siempre agradecida alegría en los tiempos del cólera.
La guitarra y los discos se alternarán sucesivamente a lo largo de la noche. Las voces se sucederán en una perfecta improvisación como un tótem jazzístico y tal vez un solapado tributo. 



6 am

Timbre refutador de cualquier tímida leyenda inunda el ahora despejado espacio de la casa de México. Diego se ríe, intenta domesticar los acordes de su guitarra, las viejas canciones que deambulan en ceremonia despabilando los estantes del tiempo. Cierta melancolía se filtra intramuro. Como una enredadera perniciosa aparecen las risas mezcladas con el alcohol y cierta primitiva tristeza. Diego se vuelve a reconquista y a estas horas de la larga noche parece un tema inevitable. Entonces recordamos viejos momentos, bebemos otra copa de vino, cantamos y nos reímos un rato más, como si así se detuviera el tiempo, como si pudiéramos conservar para siempre este momento, que sentimos último. Alargar la despedida, alejar las patas del olvido.


7 am

Recojo los vasos, las colillas de cigarrillos que se desparraman como telas de arañas por los rincones, enjuago los restos de vino, cuido prolijamente de tirar los restos y las suciedades. Me lavo la cara, siguiendo el mismo procedimiento de limpieza, de depuración. luego me cepillo los dientes, entonces suena el teléfono y es iván diciendo que diego olvidó no sé qué cosa en casa, que estará tocándome el timbre, que le abra, que no es la vecina. balbuceo algo entre el cepillo y la pasta y escucho su risa fundida con el timbre que entonces suena. Escupo lo que quedó de mi pasta de dientes, le abro. Entra risueño y ni siquiera intenta explayarse en el argumento. Es tarde para preámbulos. Agarra sus cosas y nos despedimos. Le doy un beso y le sonrío. Voy a entrar a casa y sin embargo me detengo en el umbral, el amanecer empieza a recortar las figuras, entonces lo veo irse, tambaleando en el final del pasillo donde momentos atrás lo hacía con bolsas llenas de botellas que ebriamente se afanaban en regalarnos sus últimos estertores. Siempre había sido el amigo de tami, el novio de luchi, ahora descubro forma también parte del tesoro de mis afectos y amistades. Entonces será la última imagen, aquella que cierra la noche y dibuja un nuevo cielo, ya lejos de boedo.

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