Impresiones
sobre el sábado 8 de noviembre. Encuentro inaugural de las Noches de Boedo.
Primer velada aquí, en los confines del sur, en el norte del deseo.
00.30 am
En ronda en
el comedor de la casa, cierto
desconcierto que precede al acontecer, figura primera y nostálgica de lo que ha
de venir, hueco en la base del estómago, palabras balbuceadas, letras que aún no son, sílabas que caen de los
labios y bailan una danza aún por nacer. Alguien intenta contar un chiste,
maría juguetea con un coro silente de lechuzas, intenta arrimarle palabras,
alcanzarles sonrisas presagiosas, ante la mirada general que aguarda, algo
suceda. Pero el suceder precipita e invita al acontecimiento, no hay rodeos ni
separación posible, dulce amalgama que tejemos en la oscuridad, con los ojos
abiertos y el corazón palpitando. Risas confundidas, tímidamente precipitadas,
sensación de vacío, paréntesis en la lengua del tiempo.
1.30 am
Acordamos
esperar a Iván para iniciar la ceremonia. De pronto suena el timbre, una
sucesión de velas corren de mano en mano, y bajo la consigna de salir para
entrar, las sombras se desparraman en la oscuridad del pasillo. Con javi
armamos una treta, entonces me aseguro
de apagar los veladores de casa, de cerrar cada puertita de luz, de encender algunas
claras velas. tami manipula la cámara, diego acompaña distraídamente atento el
incipiente ritual. Entonces salimos al pasillo y haces de luces incandescentes
inundan la puerta de entrada, murmullo de pájaros, arrullo de paloma, canto de
sirenas del mar muerto, coro ciego crepitando en el umbral de la sombra, para
iluminar la sonrisa y las lágrimas de la anfitriona que comienza a acercarse
temiendo azuzar al arco iris del cielo.
Estrellas
del cielo, los amigos, ardiendo en la lumbre de la noche.
1.35 am
Seres de
luz desparramando sus haces, luciérnagas del cielo que inundan ahora la casa en
penumbras, susurros lumínicos en corro que aguardan, ignorando entraman el más
grande acontecimiento, ese que esplende y permite escurrirse, entre los
fulgores, la voz de la guitarra que atrapa melodías insurgentes y cede paso a
una canción de cuna que entonces cantaré encendiendo el aquelarre del cielo.
1.40 am
Aparecerá
el espíritu de thénon, sus frágiles melodías, sus gritos moribundos, sus
pedidos de auxilio y nomeolvides, su bella melancolía.
La noche
seguirá rodando, con sus flores mixtas, el canto de abejas de una chica de la
que no recuerdo su nombre pero guardo su voz en la cuenca del oído, su sonrisa
clara que iluminaba cada uno de los versos, la dulzura de apicultor que
dibujaba la música en la cara. Leo y su compañero abriendo los cauces de la
melodía, haciendo surcos, tajos en la palabra, pentagramas del alma, abrazando
el compás del momento, la emoción de alzar sus propias voces. La cara de leo, las
estrellas en su mirada.
Javi y
Gabriel echarán a rodar su secuaz dúo, despertando sonrisas suspicaces, la
bendita y siempre agradecida alegría en los tiempos del cólera.
La guitarra
y los discos se alternarán sucesivamente a lo largo de la noche. Las voces se
sucederán en una perfecta improvisación como un tótem jazzístico y tal vez un
solapado tributo.
6 am
Timbre
refutador de cualquier tímida leyenda inunda el ahora despejado espacio de la
casa de México. Diego se ríe, intenta domesticar los acordes de su guitarra,
las viejas canciones que deambulan en ceremonia despabilando los estantes del
tiempo. Cierta melancolía se filtra intramuro. Como una enredadera perniciosa
aparecen las risas mezcladas con el alcohol y cierta primitiva tristeza. Diego
se vuelve a reconquista y a estas horas de la larga noche parece un tema
inevitable. Entonces recordamos viejos momentos, bebemos otra copa de vino,
cantamos y nos reímos un rato más, como si así se detuviera el tiempo, como si
pudiéramos conservar para siempre este momento, que sentimos último. Alargar la
despedida, alejar las patas del olvido.
7 am
Recojo los
vasos, las colillas de cigarrillos que se desparraman como telas de arañas por
los rincones, enjuago los restos de vino, cuido prolijamente de tirar los
restos y las suciedades. Me lavo la cara, siguiendo el mismo procedimiento de
limpieza, de depuración. luego me cepillo los dientes, entonces suena el
teléfono y es iván diciendo que diego olvidó no sé qué cosa en casa, que estará
tocándome el timbre, que le abra, que no es la vecina. balbuceo algo entre el
cepillo y la pasta y escucho su risa fundida con el timbre que entonces suena.
Escupo lo que quedó de mi pasta de dientes, le abro. Entra risueño y ni
siquiera intenta explayarse en el argumento. Es tarde para preámbulos. Agarra
sus cosas y nos despedimos. Le doy un beso y le sonrío. Voy a entrar a casa y
sin embargo me detengo en el umbral, el amanecer empieza a recortar las
figuras, entonces lo veo irse, tambaleando en el final del pasillo donde
momentos atrás lo hacía con bolsas llenas de botellas que ebriamente se
afanaban en regalarnos sus últimos estertores. Siempre había sido el amigo de
tami, el novio de luchi, ahora descubro forma también parte del tesoro de mis
afectos y amistades. Entonces será la última imagen, aquella que cierra la
noche y dibuja un nuevo cielo, ya lejos de boedo.
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