Crónica del gallo que ya no da cuerda al mundo
Hace un tiempo que ya no puedo precisar que,
desde mi pequeña casa de Boedo, oigo un gallo.
Creo que la primera vez que ocurrió fue por la
madrugada.
No recuerdo cuándo sucedió pero sí el tajo que
se abrió en la noche y que me depositó en otra realidad menos asible y profundamente
fantástica.
Entonces mi cara se encontró con la de Darío y
pude ver en él la afirmación absoluta del sonido que nos sumergió en otro
presente no menos absoluto.
Una sucesión de instantes-relámpagos inundaron
el centro de la escena. Eramos oídos-ojos presagiando nuestro alumbramiento.
Los silencios crecían como enredaderas
intra-muros, los párpados se abrían y cerraban con lentitud de cangrejos, la
respiración acompasaba el sonido de la espera, en la mirada axolotls
cristalizando el movimiento, volviéndolo proeza.
La presencia del gallo se hizo luciérnaga,
bichito de luz que reluce de-a-in-ter-va-los en la oscuridad. Así nos
salpicaba-alternadamente- con su gemido.
En la oscuridad crecía nuestro deseo que se
alimentaba de su propia saciedad.
Tardamos un tiempo en definirlo como un gallo.
–Parece un pato- solía decirle a Darío que me miraba entre atónito y ensoñado.
Una mañana mientras desayunábamos en el comedor
y el sonido se hizo presente lo definimos. -Es un gallo- dijimos y ya nos nos
preocupamos más de la tautología del mismo.
Si no fuera porque llevo varios días de fiebre
y gripe y tos tumbada en mi cama y los sentidos se diluyen narcotizados entre
drogas legales y enjutas recetas médicas, quizás hubiera seguido aceptando su
presencia como un hecho natural que no mereciera mayores comentarios.
Sin embargo, el letargo de la fiebre y la
aceptación del cuerpo-nube en el que estoy sumergida desde hace días, me
encontró volcada sobre un plato de verduras, y en el silencio de este mediodía
humeante, volvió a inscribirse él.
En este momento que dejé de escribir, lo
escuché.
Escribo escuchándolo como quien intenta
capturar un sueño y desprender lo simbólico que hay en él.
No es que esté obsesionada, ni siquiera me
resulta un fenómeno, pero lo cierto es que no puedo dejar de pensar de dónde
viene ni qué hace ahí.
Vivo en una manzana de casas bajas.
Mi casa es la número siete de un extenso
pasillo que atraviesa la manzana hasta su centro. Ergo, estoy en el corazón de
la manzana, en sus nervaduras.
Lo que supo ser el patio de mi casa, el tiempo
lo devoró haciendo de él un comedor de techos altos, otrora corredizos, ahora
un chaperío insulso que sólo la lluvia lo torna bonito. De aquél patio
subsisten unos viejos azulejos celestes, una rejilla antigua y un lavadero que,
desde que me mudé, es un cetro del reino vegetal.
Entre el viejo lavadero pigmentado de azulejos
y el techo hay tres ventanas linderas. A través de ellas la casa goza luz y
disfruta de un pedazo de cielo.
Es por allí por donde se cuela el sonido.
La pesquisa no se reduce a escuchar el
graznido que se filtra por el cielo de mi ventana.
Al caminar por la manzana de mi casa, no puedo
dejar de entrever las fachadas de las casas y casi ya estoy adentro,
recorriendo sus espacios hasta llegar a los patios y deducir la procedencia-gallina.
Hace días, esperando el colectivo que me
deposita en otra realidad más acuciante y menos ensoñadora, divisé por encima
de los techos de una antigua casa, una suerte de galpón. Traté de visualizar el
mapa de mi casa y cuán lindero estaría
ése terreno de mi ventana.
Enseguida vi girar por la esquina el colectivo
y fui rápidamente devorada por sus fauces, reduciendo mis pesquisas a un
pasatiempo burgués o solitario o infantil o surrealista dentro de esa realidad
ataviada de horarios y responsabilidades laborales. -Bienvenida al mundo adulto-
me dirá luego Darío, mientras una mueca le devolverá la expresión íntima de mis
sentimientos que él abrazará y besará conciente también de que la realidad es
un corset, un molde turbulento del cual bebemos y lactamos, lejos ya de la
dulzura inocente de la teta.
A veces pienso en la soledad del gallo.
Está solo. Lo sé.
Aunque no de ya cuerda al mundo, canta.
Exiliado de su hábitat canta. De madrugada, al
mediodía, por las tardes y por las noches.
Como si se hubiera roto su reloj biológico.
Canta exiliado de sí? Del mundo? Recordará
cuál es su confín? Hablará con los perros? Con los pájaros? Y si nos habla a
nosotros? Y si hubiera en él un canto ancestral, una huella de memoria que nos
convoca?
Sé que seguiré escuchándolo, tratando de
dilucidar su canto, su latido.
Su voz renacerá en mí que busco mi origen.
Me dejaré así hablar por los graznidos que hay
en mí. Pero, qué hay en mí? Qué voz me canta, me habita? Por dónde se cuela mi
voz? Hay en ella una huella de memoria que percibo y, a la vez, ignoro? De qué
sonidos está hecha mi voz? Qué hay en ella de mí?
A dónde estoy yo?
Hasta que los graznidos sean voz y origen y
agua clara, los esperaré en el centro de mi casa, en el corazón de mi manzana,
entre los instantes-relámpagos-luciérnagas y los axolotl que inundan la mirada.
Llegaré al centro de mí, al origen de mi
memoria.
Esta es la hora del crepúsculo.
Escribo a tientas sobre el papel.
Es una de mis horas favoritas.
El cielo brota en tonos rojizos y lilas, el
aire se torna más liviano, más amable.
En un rato el cielo estallará en su magnífico arco
iris, luego todo virará a los azules y entonces se encenderán las luces de la
ciudad.
Mi hora es la que respira entre el estallido
alegre del cielo y sus tonos azulados y el comienzo taciturno de las farolas.
Ese es mi instante. Tiene la alegría de los nacimientos y la melancolía dulce
del parto.
Es el momento en que la ciudad exuda su
cansancio y emergen sus sueños, en que el viajero goza de su bienestar, en que
aparece solícito el amor.
Es un instante de muerte y resurrección, de
torbellino íntimo.
Acaso soy una actriz que escribe? Una
escritora que actúa? Acaso importa eso ya?
En cualquier caso, mi escritura tiene la
fuerza de mi voz. Es una escritura de orilla, de juncos verdes, de pez rosarino, de camalote en flor. Tiene la
alegría del río, flota tácita y ondulante en su marejada de palabras, vibra en
su pudor.
Escritura de axolotl y diccionarios
escleróticos, de actriz omnisciente y sujeto siempre tácito, de horizontes
escurridizos y lecturas madreselvas, de sueños iracundos y venas en la sangre.
Escritura de venas en la sangre. Entonces abro
el torrente sanguíneo que circula en la boca, ésta-mía, que sangra y sangra
letras mientras el corazón pulsa su diccionario circulatorio, y se desata la
palabra, la ambulancia emocional que me perfora y brota espesa la tinta china mía,
ésta que quema por dentro, que bate y bate la sangre, los hilos silábicos que
pujan roncos hasta llegar al papel y desmadrarse en frases sueltas, en
conjunciones inauditas que los semiólogos describirán como sentido.
Que brote la palabra, que sea sanguínea,
sanguinaria.
La escritura como un campo de batalla, la
palabra como un ardid, como la flecha que dispara resuelta la boca, la lengua
como la matriz, y disparar, disparar hasta que brote la sangre, el espeso
lenguaje, y nos sintamos menos vírgenes y menos solos.
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