viernes, 25 de enero de 2013

Crónica del gallo que ya no da cuerda al mundo


Crónica del gallo que ya no da cuerda al mundo


Hace un tiempo que ya no puedo precisar que, desde mi pequeña casa de Boedo, oigo un gallo.
Creo que la primera vez que ocurrió fue por la madrugada.
No recuerdo cuándo sucedió pero sí el tajo que se abrió en la noche y que me depositó en otra realidad menos asible y profundamente fantástica.
Entonces mi cara se encontró con la de Darío y pude ver en él la afirmación absoluta del sonido que nos sumergió en otro presente no menos absoluto.
Una sucesión de instantes-relámpagos inundaron el centro de la escena. Eramos oídos-ojos presagiando nuestro alumbramiento.
Los silencios crecían como enredaderas intra-muros, los párpados se abrían y cerraban con lentitud de cangrejos, la respiración acompasaba el sonido de la espera, en la mirada axolotls cristalizando el movimiento, volviéndolo proeza.
La presencia del gallo se hizo luciérnaga, bichito de luz que reluce de-a-in-ter-va-los en la oscuridad. Así nos salpicaba-alternadamente- con su gemido.
En la oscuridad crecía nuestro deseo que se alimentaba de su propia saciedad.

Tardamos un tiempo en definirlo como un gallo. –Parece un pato- solía decirle a Darío que me miraba entre atónito y ensoñado.
Una mañana mientras desayunábamos en el comedor y el sonido se hizo presente lo definimos. -Es un gallo- dijimos y ya nos nos preocupamos más de la tautología del mismo.
Si no fuera porque llevo varios días de fiebre y gripe y tos tumbada en mi cama y los sentidos se diluyen narcotizados entre drogas legales y enjutas recetas médicas, quizás hubiera seguido aceptando su presencia como un hecho natural que no mereciera mayores comentarios.
Sin embargo, el letargo de la fiebre y la aceptación del cuerpo-nube en el que estoy sumergida desde hace días, me encontró volcada sobre un plato de verduras, y en el silencio de este mediodía humeante, volvió a inscribirse él.


En este momento que dejé de escribir, lo escuché.

Escribo escuchándolo como quien intenta capturar un sueño y desprender lo simbólico que hay en él.
No es que esté obsesionada, ni siquiera me resulta un fenómeno, pero lo cierto es que no puedo dejar de pensar de dónde viene ni qué hace ahí.


Vivo en una manzana de casas bajas.
Mi casa es la número siete de un extenso pasillo que atraviesa la manzana hasta su centro. Ergo, estoy en el corazón de la manzana, en sus nervaduras.
Lo que supo ser el patio de mi casa, el tiempo lo devoró haciendo de él un comedor de techos altos, otrora corredizos, ahora un chaperío insulso que sólo la lluvia lo torna bonito. De aquél patio subsisten unos viejos azulejos celestes, una rejilla antigua y un lavadero que, desde que me mudé, es un cetro del reino vegetal.
Entre el viejo lavadero pigmentado de azulejos y el techo hay tres ventanas linderas. A través de ellas la casa goza luz y disfruta de un pedazo de cielo.
Es por allí por donde se cuela el sonido.

La pesquisa no se reduce a escuchar el graznido que se filtra por el cielo de mi ventana.
Al caminar por la manzana de mi casa, no puedo dejar de entrever las fachadas de las casas y casi ya estoy adentro, recorriendo sus espacios hasta llegar a los patios y deducir la procedencia-gallina.
Hace días, esperando el colectivo que me deposita en otra realidad más acuciante y menos ensoñadora, divisé por encima de los techos de una antigua casa, una suerte de galpón. Traté de visualizar el mapa de mi casa y cuán lindero estaría  ése terreno de mi ventana.
Enseguida vi girar por la esquina el colectivo y fui rápidamente devorada por sus fauces, reduciendo mis pesquisas a un pasatiempo burgués o solitario o infantil o surrealista dentro de esa realidad ataviada de horarios y responsabilidades laborales. -Bienvenida al mundo adulto- me dirá luego Darío, mientras una mueca le devolverá la expresión íntima de mis sentimientos que él abrazará y besará conciente también de que la realidad es un corset, un molde turbulento del cual bebemos y lactamos, lejos ya de la dulzura inocente de la teta.


A veces pienso en la soledad del gallo.
Está solo. Lo sé.
Aunque no de ya cuerda al mundo, canta.
Exiliado de su hábitat canta. De madrugada, al mediodía, por las tardes y por las noches.
Como si se hubiera roto su reloj biológico.
Canta exiliado de sí? Del mundo? Recordará cuál es su confín? Hablará con los perros? Con los pájaros? Y si nos habla a nosotros? Y si hubiera en él un canto ancestral, una huella de memoria que nos convoca?

Sé que seguiré escuchándolo, tratando de dilucidar su canto, su latido.
Su voz renacerá en mí que busco mi origen.
Me dejaré así hablar por los graznidos que hay en mí. Pero, qué hay en mí? Qué voz me canta, me habita? Por dónde se cuela mi voz? Hay en ella una huella de memoria que percibo y, a la vez, ignoro? De qué sonidos está hecha mi voz? Qué hay en ella de mí?
A dónde estoy yo?

Hasta que los graznidos sean voz y origen y agua clara, los esperaré en el centro de mi casa, en el corazón de mi manzana, entre los instantes-relámpagos-luciérnagas y los axolotl que inundan la mirada.
Llegaré al centro de mí, al origen de mi memoria.












Esta es la hora del crepúsculo.
Escribo a tientas sobre el papel.
Es una de mis horas favoritas.
El cielo brota en tonos rojizos y lilas, el aire se torna más liviano, más amable.
En un rato el cielo estallará en su magnífico arco iris, luego todo virará a los azules y entonces se encenderán las luces de la ciudad.
Mi hora es la que respira entre el estallido alegre del cielo y sus tonos azulados y el comienzo taciturno de las farolas. Ese es mi instante. Tiene la alegría de los nacimientos y la melancolía dulce del parto.
Es el momento en que la ciudad exuda su cansancio y emergen sus sueños, en que el viajero goza de su bienestar, en que aparece solícito el amor.
Es un instante de muerte y resurrección, de torbellino íntimo.

Acaso soy una actriz que escribe? Una escritora que actúa? Acaso importa eso ya?
En cualquier caso, mi escritura tiene la fuerza de mi voz. Es una escritura de orilla, de juncos verdes, de pez  rosarino, de camalote en flor. Tiene la alegría del río, flota tácita y ondulante en su marejada de palabras, vibra en su pudor.
Escritura de axolotl y diccionarios escleróticos, de actriz omnisciente y sujeto siempre tácito, de horizontes escurridizos y lecturas madreselvas, de sueños iracundos y venas en la sangre.

Escritura de venas en la sangre. Entonces abro el torrente sanguíneo que circula en la boca, ésta-mía, que sangra y sangra letras mientras el corazón pulsa su diccionario circulatorio, y se desata la palabra, la ambulancia emocional que me perfora y brota espesa la tinta china mía, ésta que quema por dentro, que bate y bate la sangre, los hilos silábicos que pujan roncos hasta llegar al papel y desmadrarse en frases sueltas, en conjunciones inauditas que los semiólogos describirán como sentido.
Que brote la palabra, que sea sanguínea, sanguinaria.
La escritura como un campo de batalla, la palabra como un ardid, como la flecha que dispara resuelta la boca, la lengua como la matriz, y disparar, disparar hasta que brote la sangre, el espeso lenguaje, y nos sintamos menos vírgenes y menos solos.







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