Cuando la
locura se sistematiza y la representación deja de ser ficción
Marat- Sade
25 de julio
de 2009
Después de
varios días de incuestionable ola polar me decido a ir al teatro a ver Marat
Sade. Lo hago con un compañero de viaje, psiquiatra él, actriz yo.
Recuerdo
que hace ya algunos años, en la facultad, alguna vez escribí un trabajo sobre
el Marqués. Desde entonces su figura me ha convocado casi sonámbulamente. Así, mientras
compramos las entradas que nos llevarán a la Martín Coronado empiezo a dejarme
imbuir por sus letras, los ecos inextinguibles de sus fantasmas.
La función
empieza puntual. 20:30. Ninguna anomalía hasta allí. Todo se disponía en la
apariencia, en la convención de lo establecido, de lo socialmente acordado.
Sin
embargo, mientras empieza y se desarrolla la narración, empiezo a advertir la
precariedad de mi hipótesis, la inconveniencia de verme allí, azuzada por el
estigma de Sade.
Empecemos
por el principio. Así entonces algo que parecía una novedad simpática, el hecho
de que hubiera público sobre el escenario, se empieza a convertir en un engaño
falaz. El relato avanza y con él la sensación del peligro de la actuación, esa
lepra iracunda que nos recuerda que la vida misma es en sí puro artificio.
Un grupo de
internos psiquiátricos representan para nosotros, un nosotros que cruelmente se
define en oposición a un ellos. Se abre así un primer tajo que intenta
pensarnos desde el afuera, el afuera que nos separa y a la vez nos constituye.
La locura
se sistematiza como tal y la puesta nos invita a regodearnos en el placer
morboso de sabernos a salvo, asistimos como voyers (con todo lo que hay en eso
de impune) a la ceremonia ajena (¿) como si la alienación coercionara sólo al
otro.
La otredad
nos convierte en verdugos. Cuando uno de los personajes que encarna la voz de
la conciencia social, nos implora que despertemos del letargo, el poder siempre
pujará por oprimirnos nos dice (estará entonces en nosotros salvar nuestros
ideales); nos conduce hacia una mueca trágica, como aquél que propaga limosnas
y por ello se tranquiliza, cuando en realidad macabramente promueve y asienta
la desigualdad. Nosotros, los de afuera, en realidad somos el embrión de ese
adentro, su útero.
El espejo
de la representación nos vuelve miserables, inmisericordiosos, este revés es el
tema profundo de la puesta, su terrible revelación.
Cuando
pensaba que había terminado, como una pesadilla en la que uno se ve deformado y,
a veces, teme de sí (pero siempre por sí); baja una enorme reja que nos separa.
A quiénes, de quiénes, me pregunto.
Así me fui,
con la certeza del dedo en la llaga, las llagas abiertas en el pensamiento,
como cuchillos hambrientos por tanta indiferencia, por el abuso siempre hediondo
del poder.
Hoy me
despierto y tras un sueño profundo advierto dormí once horas. Pienso en qué
habré dormido durante tanto tiempo.
Excelente cronica.
ResponderEliminarMe sugiere que hay caracoles fondeando la locura con la certeza de como disolver rejas, y asi quizas poder dormir en sueños y despertar lo vivo.