viernes, 25 de enero de 2013

acerca de una puesta de marat sade


Cuando la locura se sistematiza y la representación deja de ser ficción
Marat- Sade


25 de julio de 2009

Después de varios días de incuestionable ola polar me decido a ir al teatro a ver Marat Sade. Lo hago con un compañero de viaje, psiquiatra él, actriz yo.
Recuerdo que hace ya algunos años, en la facultad, alguna vez escribí un trabajo sobre el Marqués. Desde entonces su figura me ha convocado casi sonámbulamente. Así, mientras compramos las entradas que nos llevarán a la Martín Coronado empiezo a dejarme imbuir por sus letras, los ecos inextinguibles de sus fantasmas.

La función empieza puntual. 20:30. Ninguna anomalía hasta allí. Todo se disponía en la apariencia, en la convención de lo establecido, de lo socialmente acordado.
Sin embargo, mientras empieza y se desarrolla la narración, empiezo a advertir la precariedad de mi hipótesis, la inconveniencia de verme allí, azuzada por el estigma de Sade.

Empecemos por el principio. Así entonces algo que parecía una novedad simpática, el hecho de que hubiera público sobre el escenario, se empieza a convertir en un engaño falaz. El relato avanza y con él la sensación del peligro de la actuación, esa lepra iracunda que nos recuerda que la vida misma es en sí puro artificio.
Un grupo de internos psiquiátricos representan para nosotros, un nosotros que cruelmente se define en oposición a un ellos. Se abre así un primer tajo que intenta pensarnos desde el afuera, el afuera que nos separa y a la vez nos constituye.
La locura se sistematiza como tal y la puesta nos invita a regodearnos en el placer morboso de sabernos a salvo, asistimos como voyers (con todo lo que hay en eso de impune) a la ceremonia ajena (¿) como si la alienación coercionara sólo al otro.

La otredad nos convierte en verdugos. Cuando uno de los personajes que encarna la voz de la conciencia social, nos implora que despertemos del letargo, el poder siempre pujará por oprimirnos nos dice (estará entonces en nosotros salvar nuestros ideales); nos conduce hacia una mueca trágica, como aquél que propaga limosnas y por ello se tranquiliza, cuando en realidad macabramente promueve y asienta la desigualdad. Nosotros, los de afuera, en realidad somos el embrión de ese adentro, su útero.

El espejo de la representación nos vuelve miserables, inmisericordiosos, este revés es el tema profundo de la puesta, su terrible revelación.
Cuando pensaba que había terminado, como una pesadilla en la que uno se ve deformado y, a veces, teme de sí (pero siempre por sí); baja una enorme reja que nos separa. A quiénes, de quiénes, me pregunto.

Así me fui, con la certeza del dedo en la llaga, las llagas abiertas en el pensamiento, como cuchillos hambrientos por tanta indiferencia, por el abuso siempre hediondo del poder.

Hoy me despierto y tras un sueño profundo advierto dormí once horas. Pienso en qué habré dormido durante tanto tiempo.

    

1 comentario:

  1. Excelente cronica.
    Me sugiere que hay caracoles fondeando la locura con la certeza de como disolver rejas, y asi quizas poder dormir en sueños y despertar lo vivo.

    ResponderEliminar