viernes, 25 de enero de 2013

Un día en Carlos keen


Un día en Carlos Keen
  
La sensación de dejar la ciudad atrás mientras avanzábamos por un pequeño camino de tierra cuyos márgenes estaban recortados por inmensos campos que se extendían como lenguas a lo largo del camino.
Un camino estrecho y silenciosamente verde se abría ante nosotros que mirábamos con gracia de peces o pájaros.
Así, mientras tomábamos mates y escuchábamos música y hablábamos y reíamos y bajábamos las ventanillas para que entrara aire fresco, el paisaje empezaba a embriagarnos y aún no sabíamos nada, o bien, lo sabíamos silenciosamente como quien comprende un golpe de suerte o una magnificencia del cielo.

La primera imagen será la vieja estación, un campo como un río donde crece el pasto entre las vías de un tiempo que ya pasó.
Pueblo fellinesco. El tiempo descansa como un lagarto al sol y las gallinas se suceden en bella procesión, dejando su música de cotorras, de reinas acústicas.

Una casa antigua nos abrirá un sendero que no se bifurcará sino que se extenderá como mandrágora entre bosquecillos inmensamente verdes que nos abrazarán y a cada emoción sobrevendrá un beso, un torbellino del amor, y seremos corazoncitos de diástoles besos y besos sístoles.
El sol filtrándose entre las ramas, pronunciando sus filamentos, sus nervaduras de hilos de seda, sus claroscuros, su sutileza de flor. Así Darío en mí y yo en él. Como pájaros en el centro del pecho. Arrullos del corazón.

En una vieja estancia almorzaremos mientras la moza nos servirá un noticia horrible y sabremos que cerca estará una nena abandonada en un coche esperando por sus padres, mientras enmudecemos y un perro como un gigante se sentará a nuestro lado y será nuestro guardián y la expresión del desconsuelo. Así la vida tocándole la punta de la nariz a la vida en un movimiento de cíclope, de aleta ciega de pez.
Las patas del perro como una resistencia férrea, fiereando el olvido.

Los pasos y la tarde nos llevarán a caminar entre las vías y como violinistas ciegos arpegiaremos el paisaje que se zambullirá para siempre en nosotros y seremos espigas ardiendo en el viento, un ceto de amor fértil, una hemorragia dulce, una granada en la lengua de la boca.
Darío fundiéndose en el cielo mientras nos amábamos acercando la tierra al cielo y ya no sabremos cuál es el cielo ni cuál la tierra.
La cara de Darío, el cielo.
Los abrojos en la ropa, compañeros cómplices, telarañas del corazón.

El campo verde acentuando la fecundidad, el sol anaranjeando el cielo, preparando el crepúsculo que nos encontrará sentados en un viejo banco, contemplando el recorrido del viejo tren, la promesa de un tiempo que sucedió.
Los cactus que crecen como gramíneas, la puertecita para entrar al jardín de cactus en flor, el recorrido de abejas que hicimos.

La puerta que vislumbraba un jardín idílico, las mariposas de colores en los árboles del jardín, retazos dibujados que emulan la belleza primera, ésa que se abre, se pliega y aletea en su dulzura frágil de cuerpo de aire. La casita de colores que se recortaba por atrás. Los fuentones con flores que se desparramaban en el cielo del suelo.

La despensa de cachi que encontró a Darío, presagio curioso, pétalo de la intuición.
Los sifones conviviendo junto a zapatillas y latas de cocina y mermeladas caseras y revistas nuevas y huevos y zapallos y longevidad.

El atardecer en la cabaña de la fundación, las luciérnagas en el aire, su murmullo de girasoles, de cosquillas de viento, sus melodías de amor.
Las luces que se encendían y apagaban y dibujaban figuras en el aire, prolongaciones del humor, mientras Darío y yo tomábamos mates y las mirábamos mirándonos y nos reflejábamos en sus alaridos de luz mostrando al cielo nuestras sonrisas de amor, nuestros corazones de luciérnagas.
La vida latiendo toda allí, nosotros ardiendo en ella, siendo el cielo y la tierra, sus márgenes sin bordes, su tinta china.
Latido de luciérnagas, nuestros corazones, de amor y luz. 







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