sábado, 26 de enero de 2013

instantáneas

inspirado en la película ¨historias mínimas¨

Mínimas como la sonrisa capturada por la cámara, como el recorrido entre el olvido y el recuerdo, como el vuelo de una hoja que decide emanciparse del árbol, como el suspiro que persigue/ delata a una carta, como la lengua de las mariposas. Entonces, la necesidad de salir corriendo, buscarlo a paco, decirle que sí, que siempre tuvo razón, que la vida sigue siendo al fin y al cabo lo mejor que conocemos.

Exiliados del snobismo, apátridas, indocumentados de la sociedad de consumo.
Mientras Caetano Veloso canta ¨vuelvo al sur¨, pienso que es imposible volver de donde nunca se estuvo, que es ¨ancho y negro el olvido¨, y que el pueblo argentino nada tiene de pueblo.

Enero de 2000. Llego al sur. Pienso que hubiera sido lo mismo viajar a Caracas o a Tailandia. Los kilómetros arriman otro país. Con la misma extrañeza con la que se reencuentra a alguien alguna vez amado, camino. Un silencio añejo sube por mi espalda, recorre la nuca, busca asiento en la mirada.
Recuerdo haber leído la teoría de la alienación. Intento teorizar, pronto advierto que no tiene sentido. Así como Cortázar habla de des- escribir, pienso en des- aprender o des- codificar mi diccionario universitario.

En el sur el tiempo aguarda congelado en la cúspide de una montaña. Un viejo se ceba un mate, respira llanuras, sostiene su mirada en el aire, dibuja nortes imposibles. Espera sin esperar, sin saberse siquiera esperado. De pronto, se acerca un hombre, relata una encuentro que sucede aún más al sur. El viejo guarda el mate y la ilusión en un bolso. Exiliado de su casa y de su vida, decide partir. Recuerdo haber leído que la vejez es, seguramente, una desvelada memoria. Creo que Haroldo Conti debe haber pensado en algún viejo como éste. Después de todo, la unicidad unas cuántas veces se torna imposible.

La televisión. Ese ¨bizarro¨ fetiche que ordena la vida moderna irrumpe en la impasibilidad de una chica de Fitz Roy. Flashes de una ilusión funcional. La cercanía vuelve a arrimar nuevas distancias.

La vida es una gran rayuela. El flaco siempre lo supo. No necesariamente hay que subir para avanzar. Retroceder, a veces, resulta otra forma de caminar. A partir de aquí, la posibilidad de volver, de intuir en cada partida una posible llegada, dialéctica inevitable en la libreta del viajero. Y, al final, el cielo.

En el fondo las historias son siempre las mismas. La simplicidad les confiere una belleza inigualable, postales irrepetibles que saben a sueños y a la vida misma.
Mínimas historias. Pequeñas bicicletas para aquéllos que deciden pedalear sobre la cornisa de la vida.

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