Canción de navidad para los viejos, solos y
putos
Boris y su séquito dan
“un cross a la mandíbula” en su cosquilleo fresco de espejo social que eclipsa
a aquéllos enajenados en sus “maquillages” sociales.
Profunda, para aquéllos
que ven “la calle del agujero en la media” y absurda, para aquéllos que sólo se
alimentan de sentimentalismos banales y agotados modelos televisivos, en épocas
de diatribas y discusiones hegemónicas sobre la producción de sentido y la
construcción del poder, la obra produce en su seno de trava adormecida un
estruendo de sentido que se legitima en su diarrea hormonal de sistema que se
descompone y dispara al son de la cumbia con sus revólveres sudacas.
Viejo, solo y puto, se
recorta del tamiz vetusto de la nueva ola y, sin quererlo, y ésa quizás sea su
mejor virtud, se abre como horizonte de pensamiento profundo y propio. Salida
de los estertores del off, rezuma su propio canto para la furia circulante en
un medio asfixiado por sus propios paradigmas.
Es una obra para aquéllos
que se atreven a mirar las llagas de un sistema estepario, condenado a lamerse
las propias heridas y a cicatrizar a fuerza de fármacos y píldoras agonizantes.
Viejo, solo y puto, vive
y respira en su propia fuerza, se pare a sí misma como un vómito oscuro que
blasfema solo en el medio de la noche.
Los actores bailan la
espuria social, un esplendor trágico. Así se retuercen sus fantasmas, los
imaginarios que pueblan y circundan, volviéndose gracia ciega, fulgores
escalofriantes, recién paridos abandonados en el desolado humor de la noche que
los recoge.
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