miércoles, 15 de enero de 2014

Canción de navidad para los viejos, solos y putos

Canción de navidad para los viejos, solos y putos

Boris y su séquito dan “un cross a la mandíbula” en su cosquilleo fresco de espejo social que eclipsa a aquéllos enajenados en sus “maquillages” sociales.
Profunda, para aquéllos que ven “la calle del agujero en la media” y absurda, para aquéllos que sólo se alimentan de sentimentalismos banales y agotados modelos televisivos, en épocas de diatribas y discusiones hegemónicas sobre la producción de sentido y la construcción del poder, la obra produce en su seno de trava adormecida un estruendo de sentido que se legitima en su diarrea hormonal de sistema que se descompone y dispara al son de la cumbia con sus revólveres sudacas.
Viejo, solo y puto, se recorta del tamiz vetusto de la nueva ola y, sin quererlo, y ésa quizás sea su mejor virtud, se abre como horizonte de pensamiento profundo y propio. Salida de los estertores del off, rezuma su propio canto para la furia circulante en un medio asfixiado por sus propios paradigmas.
Es una obra para aquéllos que se atreven a mirar las llagas de un sistema estepario, condenado a lamerse las propias heridas y a cicatrizar a fuerza de fármacos y píldoras agonizantes.
Viejo, solo y puto, vive y respira en su propia fuerza, se pare a sí misma como un vómito oscuro que blasfema solo en el medio de la noche.
Los actores bailan la espuria social, un esplendor trágico. Así se retuercen sus fantasmas, los imaginarios que pueblan y circundan, volviéndose gracia ciega, fulgores escalofriantes, recién paridos abandonados en el desolado humor de la noche que los recoge.


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